Juan José Morosoli: LITERATURA DE LA VIDA




Juan José Morosoli: LITERATURA DE LA VIDA

Máximo exponente de las letras minuanas. Nace un 19 de enero de 1899en Minas, Departamento de Lavalleja, República Oriental del uruguay, y muere un 29 de diciembre de 1957.

Leer a Morosoli* es adentrarse en un mundo en el que la soledad y el silencio son la única cara posible de un destino que no conoce más sobresaltos que una tranquila disolución. Incluso la tragedia es mansa y callada. Un universo sin altibajos, en el que el trabajo cotidiano, la irrupción esporádica de un forastero, o el encuentro fortuito de seres ensimismados, son los únicos acontecimientos que pueden alterar el horizonte uniforme y monótono de unas vidas que poseen, sin embargo, una carga de coraje, de ternura y dolor, que siempre resulta milagrosamente conmovedora. Relatos breves como estampas o viñetas, con personajes que son, invariablemente, campesinos, puesteros o peones rurales, destinos opacos cuyo sufrimiento desconoce el llanto o las lágrimas, la pompa y el oropel de la tragedia urbana siempre atravesada por el ruido y la furia de la historia, y que, en cambio, se asume con la naturalidad con la que se acepta el lento transcurrir del tiempo, el cambio de las estaciones, el calor y la lluvia, la vejez y la muerte. Aun cuando la injusticia y la violencia estén presentes, el arte de Morosoli las convierte en un elemento más que se adapta al paisaje como una enredadera a un cerco de alambre, cubriéndolo de a poco hasta taparlo por completo sin que hayamos advertido en el transcurso de esa invasión ningún cambio dramático: simplemente estaba ahí, ya ni sabemos desde cuándo, y ahora es imposible volver atrás.
Así como sus personajes están despojados de cualquier exceso, también su escritura es un ejemplo de discreción. La misma parquedad de sus personajes, la misma economía de palabras que más allá de su aparente opacidad concentran en el estrecho espacio de una frase una precisión y una carga de sentido que la acercan, por caminos distintos y transversales, a esa ambigüedad y a esa contundencia que son propias de la poesía. Y eso con una modestia y una cautela en la adjetivación y en el armado de la frase que torna su estilo en una forma que puede parecer neutra y desprovista de relieves, pero también frontal y directa. Y sin embargo, no es así: sus historias se construyen sobre lo no dicho, sobre lo que se calla, sobre aquello que los personajes guardan en el secreto, y que el notable pudor de Morosoli respeta y preserva para que la historia se desgrane sin el manoseo arbitrario del autor en las motivaciones ocultas, psicológicas o subjetivas, que llevarán al desenlace. Aun cuando el uso de la tercera persona es permanente, su omnisciencia está limitada por la observación externa, y ese recurso lo acerca más al objetivismo del Nouveau Roman que a la demagogia psicologista y llorona de los regionalistas latinoamericanos entre quienes se lo suele clasificar apresuradamente. Del mismo modo, el contenido político de sus relatos es más un sedimento inevitable que un postulado superficial. También en eso, Morosoli es un excéntrico. Alejado por igual de las vanguardias como de la literatura social al uso en la primera mitad del siglo XX, su obra es un mojón solitario, inclasificable y extraño, generalmente ignorado, y que sin embargo depara, a cualquier lector que se cruce con sus palabras, el mismo grado de asombro y admiración que la de esa estirpe de autores iluminados y marginales que permanecieron ajenos a las corrientes más tumultuosas de su tiempo y cuyos libros siguen flotando en las orillas de la literatura. Pienso en Clarice Lispector, en Bruno Schulz, en Robert Walser, en Dino Buzzati. A esa estirpe pertenece Morosoli.

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Hijo de un inmigrante suizo de profesión albañil, concurre a la escuela sólo hasta cuarto año, cuando debe abandonarla para comenzar a trabajar.
Posteriormente, en 1920 (luego de trabajar en la librería de su tío) se instala con un pequeño café en 25 de mayo y Washington Beltrán. Poco tiempo después establece el Café Suizo, donde se reunían aquel legendario grupo de Escritores Minuanos integrado por José María Cajaraville, Valeriano Magri, Julio Casas Araújo, y el propio Morosoli.
Son en 1923 sus primeras incursiones en el periodismo, bajo el seudónimo "Pepe". A partir de allí, colabora con varias publicaciones, entre ellas: "La Unión" de Minas, y los Montevideanos "El Día", "Mundo Uruguayo", y "Marcha".
Entre 1923 y 1928 escribe varias obras de teatro.
En 1928 publica dos libros de poemas: un volumen colectivo - junto a Magri, Cajaraville y Casas Araújo - titulado "Bajo la misma Sombra", y otro, unipersonal titulado "Los Fuegos".
En 1929 contrae matrimonio con Luisa Lupi, unión de la que nacen sus hijas María Luz y Ana María.
En 1932 publica el volumen de narrativa "Hombres".
En 1936 aparece la que será su obra mayor: "Los albañiles de los Tapes".
Luego, en 1944 aparece "Hombres y Mujeres", seguido en 1947 por la primera edición de "Perico", en 1950 "Muchachos", y en 1953 "Vivientes".
Con posterioridad a su muerte, aparece, en 1959 "Tierra y Tiempo", año en que le es otorgado, en forma póstuma, el Premio Nacional de Literatura.
La Fundación "Lolita Rubial", crea en 1991, la medalla "Morosoli" - Símbolo del Movimiento Cultural Minuano, y en 1995, la Estatuilla "Morosoli" y el Premio "Morosoli" - Homenaje a la Cultura Uruguaya. Hoy, unánimemente, la Crítica Literaria lo considera uno de los grandes de las Letras Uruguayas.





EL NOVELISTA


Faustinito centraba la atención de todos, que anhelantes escuchaban el relato.
-Cuando la víbora estuvo cerca de la ubre de la vaca, salí de atrás y la agarré de la nuca. Se la llevé a mi padre y pregunté:
-Estas no son venenosas, ¿verdad?
-No son -me dijo.
-Fue entonces que la tiré.
Hizo una pausa, dejó respirar al auditorio y terminó:
-A mí me enseñaron los carboneros a distinguir las venenosas de las otras... En la sierra, donde trabajan meses y meses sin ver gente, hay muchas cosas que ustedes no verán nunca... ¡Los del pueblo no saben nada!
Faustinito, el paisanito que aún no sabía escribir su nombre, se cobraba en aquellos relatos de su ignorancia del abecedario. Había descubierto que las narraciones de víboras y cuatreros, ejercían una rara atracción sobre los oyentes.
Contaba aquel día una nueva historia:
-Eran los últimos tigres que quedaban en la República Oriental. Hacían muchos estragos y mi padre y yo salimos tras ellos. Noches y días seguimos las huellas de sus fechorías.
Faustinito describía las marchas en las noches. Las batidas en los pajonales. Explicaba costumbres de pájaros, imitaba gritos raros que se oían en las noches.
La cosa terminó cuando los cazadores se dieron cuenta que habían salido fuera del país tras los tigres, y regresaron al pago. Así vino el maestro y se quedó tras el grupo de oyentes pendientes del relato.
Cuando Faustinito terminó, dijo un compañero de clase:
-Todo es mentira... Usted es un mentiroso.
El maestro fue quien replicó:
-No. No es mentira. Faustinito no es un mentiroso. Es un novelista. Un creador. Ustedes saben ahora cómo se cazan tigres y han oído los ruidos que la noche hace vagar por el monte... Cuando Faustinito sea un hombre, será un gran artista y ustedes se sentirán felices de recordar estos relatos... Porque éstos son de los que no se olvidan.

LOS JUGUETES

Cuando mi madre estuvo grave, nosotros salimos de nuestro hogar. Mi abuela se llevó a mis hermanos más chicos y yo fui a aquella casa que era la más lujosa del pueblo. Mi compañero de banca vivía allí.
La casa no me gustó desde que llegué a ella.
La madre de mi compañero era una señora que andaba siempre recomendando silencio. Los criados eran serios y tristes. Hablaban como en secreto y se deslizaban por las piezas enormes como sombras. Las alfombras absorbían los ruidos y las paredes tenían retratos de hombres graves, de caras apretadas por largas patillas.
Los niños jugaban en la sala de los juguetes sin hacer ruido. Fuera de aquella sala no se podía jugar. Estaba prohibido. Los juguetes estaban alineados cada uno en su lugar, como los frascos en las boticas.
Parecía que con aquellos juguetes no hubiera jugado nadie. Yo hasta entonces había jugado siempre con piedras, con tierra, con perros y con niños. Pero nunca con juguetes como aquéllos. Como no podía vivir allí, mi padrino Don Bernardo, el vasco, me llevó a su casa.
En lo de mi padrino había vacas, mulas, caballos, gallinas, un horno de cocer pan y un galpón para guardar maíz y alfalfa. La cocina era grande como un barco. En el centro tenía un picadero de leña enterrado en el suelo. Cerca de la chimenea una llanta de carreta reunía pavas, parrillas y hombres. Pájaros y gallinas entraban y salían.
Mi padrino se levantaba a las cinco de la mañana y comenzaba a partir leña. Los golpes que daba con el hacha resonaban por toda la casa. Una vaca mimosa venía hasta la media puerta y balaba apenas lo veía. Luego un concierto de golpes, mugidos, gritos, cacarear y batir de las alas, conmovían la casa. A veces al entrar en las piezas, el vuelo asustado de un pájaro que se sorprendía nos paraba indecisos. La casa era una cosa viva y trepidante.
La leche espumosa y el pan casero, migón y dorado, nos acercaba a todos a la mesa como un altar.
Nuestras mañanas transcurrían en el galpón oloroso de alfalfa. De unos mechinales altos, que el sol perforaba, caían hacia el piso unas listas de luz donde danzaba el polvo.
Las ratoneras entraban y salían por todos lados, pues allí había muchísimas.
En la casa de padrino supe que los juguetes y los juegos que hacen felices a los niños, no están en las jugueterías.

LOS CARBONEROS


Por la noche veíamos el resplandor rojizo de las hornallas y el humo liviano y azulino de la “quema”, subir suavemente a las estrellas.
Adivinábamos las figuras negras y apresuradas como hormigas de los cuidadores de “las bocas”.
Algunas noches la música de un acordeón, lejano y leve como el humo, parecía salir del horno mismo y quedarse vagando por el monte.
Los carboneros eran los dueños del humo de la noche, de las bocas con fuego de las hornallas, de la música del acordeón vagabundo. Del monte entero donde de hora en hora cantaban algún pájaro sin sueño.
Deseábamos ser carboneros como aquellos hombres.
Un atardecer sin luz, cruzado de garúas, nos acercamos a ellos.
Sus chozas estaban mojadas. En el piso de barro hacían equilibrio míseros catres de guascas.
Vestían ropas absurdas y calzaban tamangos de lona. En sus caras erizadas de barba ardían los ojos febriles.
–Hace noches que vigilan, defendiendo su tesoro de vientos y lluvias –dijo mi padre...
Fogones abandonados rodeados de huesos iban señalando su camino de conquistadores de la selva...
Pensamos en las noches de sus chozas con barro y sin luz. En sus catres sin calor. En la vigilia entre garúas y vientos.
El calor de los viejos troncos que ardían bajo el retobo de barro de los hornos no sería para ellos.
Desde ese día dejamos de envidiarlos.
Empezamos a quererlos.

de Juan José Morosoli