Kike Ferrari: EL FUTURO LLEGÓ

Este texto es hijo de dos intuiciones: 1- El prólogo a Los lanzallamas resume las ideas de Arlt sobre la literatura, 2- si hubiera palabras a la luz de las cuales habría que leer a un escritor, palabras clave, digamos, para ingresar a su obra; en Arlt, junto a taciturno, angustia y traición, debería figurar la palabra futuro.

1- Una Máquina Polifacética
En una de sus aguafuertes, Arlt (a quién podríamos definir, usando una expresión de Mansilla, como un realista desquiciado) habla de una improbable máquina de hacer dinero: la Maquina Polifacética de Roberto Godofredo Arlt, la llama.
Y esa definición nos puede servir para nombrar al prólogo a Los lanzallamas. Escrito en 1931, viene a terminar una etapa: aunque faltaba El amor brujo, sin dudas su novela más floja, lo mejor de la narrativa arltiana -sus tres novelas iniciales y sus cuentos más logrados, como Las fieras o Esther Primavera- ya había sido escritos. En adelante se producción se centrará en la dramaturgia. Por otra parte, y lo que es más importante, en el prólogo -esta Máquina Polifacética que es un manifiesto, una declaración de principios y un grito de guerra-, Arlt condensa y expone, más que cualquier otro texto, su credo literario -el lugar del escritor, el lugar de la crítica, el lugar del escritor- pero además, y acaso sin saberlo, se expone a sí mismo.
Alguna vez Abelardo Castillo dijo que la enseñanza de Arlt es doblemente valiosa: nos enseñó lo que hay que hacer y lo que no.
Y en esta Maquina Polifacética del Realista Desquiciado están casi todos los rasgos (positivos y negativos) que hacen Arlt un escritor único.
Allí encontramos las frases perfectas, inmortales (Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y que los eunucos bufen), cruzadas por incorrecciones formales (Crearemos… encierran…).
Las florituras innecesarias y cursis (¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela, que como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…!) precediendo algunas de las contundentes metáforas de puro cuño arltiano (…entre los ruidos de un edificio social que se desmorona).
Las citas intelectuales hechas sin pretensiones y casi con desprecio (…cierto personaje de Ulises, un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes), seguidas de groseros errores de información (Pero James Joyce es inglés) y apreciaciones como mínimo temerarias (El día que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados1).
La puesta sobre la mesa de las limitaciones que se le achacan (…se dice de mí que escribo mal. Es posible…, …otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos…) y la defensa encendida de su lugar de escritor, del lugar del escritor (Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana…, … cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte, sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal…).
Y, entre todo esto, por sobre todo esto, el futuro.

2- Hoy es el futuro
Al revés de Zamiatín o Orwell, que muestran el presente en clave futurista, las ficciones de Arlt (como las de Kafka; como, salvando las distancias, las de Palahniuk) muestran el futuro más o menos mediato (o aquello que todavía permanece invisible del presente) en clave contemporánea. Y esto late en la Máquina Polifacética que precede a Los lanzallamas: el futuro como posibilidad, como fuga hacia adelante, como territorio a conquistar o como territorio conquistado.
Ya fue dicho que el prólogo trabaja como un manifiesto. Entonces: Ellos y Nosotros.
¿Quiénes son ellos para Arlt?
Ellos son los que disponen de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales y a los que la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage.
A ellos únicamente los leen correctos miembros de su familia.
Ellos usan la literatura sólo para singularizarse en los salones de sociedad y escriben un libro cada diez años, para tomarme después unas vacaciones de diez años por haber tardado diez años en escribir cien razonables páginas discretas.
Ellos son idiotas en serio, o se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches.
Ellos dicen que el señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto.
Ellos son, en definitiva, el pasado.
Y, ¿a quiénes nombra Arlt cuando dice Nosotros?
Si es cierto que, como piensa Silvia Iparaguirre, Roberto Arlt es el primer moderno de la literatura argentina, su Nosotros sólo puede hablar de cara al futuro; porque siendo demasiado excéntrico para los esquemas del realismo social y demasiado realista para los cánones del esteticismo (Piglia dixit) no puede integrar el grupo Boedo, el grupo Florida ni de ninguna otra capilla literaria de su tiempo. No hay, no puede haber, un Nosotros contemporáneo en Arlt. Porque aunque existan otros como él, serán talentos dispersos, atomizados, inconexos; serán otros locos, (pensemos en Horacio Quiroga en medio de la selva misionera, en Enrique Santos Discépolo en la jungla porteña) escribiendo sus libros (o canciones) en orgullosa soledad.
Y si no hay grupos, si no hay capillas, si los libros deben escribirse, y se escriben, en orgullosa soledad; entonces Nosotros, para Arlt, es mañana:
Han pasado esos tiempos.
El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo.
El porvenir es triunfalmente nuestro.
Y que el futuro diga.
Bueno, el futuro llegó.
El mañana del Realista Desquiciado.
Hoy es el futuro.
Habrá que merecerlo, amigos, con sudor de tinta y rechinar de dientes.