Buenos Aires en el recuerdo: PARQUE JAPONÉS




El Parque Japonés estaba a ubicado en el Paseo de Julio (1) entre la avenida Callao y la bajada de la Recoleta. Se trató de una obra faraónica por sus características, la más importante en su género para la Argentina de 1911, demandando una inversión calculada en dos millones de pesos. Se inauguró el 3 de febrero de ese año, generando la expectativa de los porteños. Treinta años después de su desaparición esos mismos terrenos sirvieron a la instalación del “Ital Park”.Buenos Aires, 1911Todavía brillaban los resplandores emotivos de la gran fiesta del centenario y en el recuerdo de todos permanecía el paso del cometa Halley. Comienza la segunda década del siglo XX y el mundo continúa sus significativas transformaciones. Amundsen llega al Polo Sur, mientras convulsiones políticas se suceden en Portugal, España y China. Italia se embarca en una guerra contra Turquía. En la Argentina, el 4 de julio el gobierno sanciona la ley N° 8.129 que dispone el enrolamiento obligatorio y establece el padrón militar de los ciudadanos. El doctor Roque Sáenz Peña, acompañado de Victorino de la Plaza, se encontraba al frente del Poder Ejecutivo. La ley que llevaría el nombre del primero estaba ya en proceso de germinación y la dirigente feminista Julieta Lanteri reclama e1 voto pera las mujeres ante su inminente aprobación. Comienza a sentirse el peso de un país ya centenario que asimilaba el gran caudal de inmigrantes, especialmente italianos y españoles, recibido en los treinta años inmediatamente anteriores. Se inician las obras de Puerto Nuevo a lo largo de 5 kilómetros de la costa norte para facilitar el creciente flujo del movimiento comercial desde y hacia ultramar.
En este año llega el dirigente socialista francés Jean Jacarés y Buenos Aires lo escucha en varias conferencias. Se fugan trece presos de la vieja Penitenciaria de la avenida Las Heras, sembrando terror en las calles porteñas. Surge un dúo que será memorable, Carlos Gardel y José Razzano, que durante varios años interpretará tangos y también temas criollos. Los intrépidos Florencio Parravicini y Jorge Newbery, entre otros audaces, obtienen el brevet de piloto. Además se realiza el primer vuelo que lleva el correo entre Buenos Aires y Rosario. También se funda la Escuela de Aviación en El Palomar y los porteños se asombran ante el novedoso vuelo de un avión sobre la ciudad. Es el año de la muerte del eminente Florentino Ameghino.Una zanja abre la ciudad al iniciarse la obra de la primera línea de subterráneos de Sudamérica, la conocida línea “A”, desde Plaza de Mayo a Plaza Miserere, desde donde seguirá luego al Caballito. Buenos Aires brilla orgullosa en su porteñismo y su rápida asimilación de las artes, la arquitectura y las letras europeas. Es la época de la fundación del “Parque Japonés”.Un tango para el recuerdoY para entrar en tema, nada mejor que iniciarlo con la letra de un tango, donde se califica de “bandido” a un habitué del Parque Japonés. Veamos por qué. Dice así: “Del barrio la mondiola sos el más rana y te llaman Garufa por lo bacán, tenés mas pretensiones que bataclana que hubiera hecho suceso con un gotán. Garufa vos sos un caso perdido, tu vieja …dice que sos un bandido, porque supo que te vieron, la otra noche, en el Parque Japonés…”El cantor Alberto Vila graba y estrena, en 1927, el tango Niño bien cuya letra pertenece a Víctor Soliño y Roberto Fontaina y la música a Juan Antonio Collazo. En el libro Tangos, Letras y Letristas de José Gobello y Jorge A. Bossio puede leerse la cita que estos últimos hacen transcribiendo las palabras del mismo autor, Soliño, para referirse al reciente estreno de Garufa: “Niño bien poco antes había marcado un éxito. Quizá porque su letra humorística pareció en aquel momento una reacción contra los tangos lacrimógenos. Y se convino en que había probabilidades de que una repetición del intento podía significar un acierto. Allí mismo empezamos a pensar en Garufa. En pocos días Juan Antonio Collazo, Roberto Fontaina y yo presentábamos a la alta cátedra de la cantina del Atenas la nueva producción.” (…)
Así, hacia finales de 1928 nació Garufa, una de las más conocidas composiciones de los “Atenienses” que Vila registra en discos RCA Víctor el 2 de noviembre de 1928. Soliño aportó en su autobiografía (2) algunos datos para explicar una modificación sufrida por la letra original, diciendo que el barrio La Mondiola “…era una zona brava de compadritos, donde podía pasar cualquier cosa. Pero como esto acontecía del otro lado del Plata, el estribillo que menciona al porteño Parque Japonés levantó sospechas. Una presunta explicación es que originalmente ese verso decía ‘… en la calle San José’, arteria de una antigua mala reputación en Montevideo. Y una madre podía llamar ‘bandido’ a su hijo por ser habitué de los prostíbulos, antes que por ir a un stand de tiro al blanco”. Queda entonces disipada la duda. No será por la inocencia de las andanzas del personaje en el parque que le da nombre, sino más bien porque ¡lo vieron en la “zona roja” de esos tiempos! En lunfardo, garufa significa diversión. Gobello aclara que es un vocabulario de etimología incierta. (3)Una confusión de parquesHasta aquí no hay algo que llame especialmente la atención, a no ser la referencia al “Parque Japonés”. Sin embargo, todavía hoy, en 2003, es común escuchar a personas mayores de cincuenta años contar anécdotas y recuerdos sobre ese lugar.Esto podría llamarnos la atención, salvo porque quienes atesoran esos recuerdos deberían tener como mínimo 80 años, dado que el citado parque cerró hace casi 73. La confusión es comprensible, pues hubo un “Parque Japonés” inaugurado en 1911, que cerró en 1930, y otro también llamado popularmente “Nuevo Parque Japonés” que abrió en 1939. La estructura e instalaciones de este último nada tenían de japonesas; después pasó a llamarse “Parque Retiro” hasta su cierre y demolición en 1962. El cambio de nombre se debió a la ruptura de relaciones entre la Argentina y el Eje, el 26 de enero de 1944, hecho que culmina con la declaración de guerra el 27 de marzo de 1945, poco antes de su finalización. Aclarada la confusión, avancemos sobre el “Parque Japonés’ citado en Garufa.
Un arquitectoSiete años antes había llegado el arquitecto Alfredo Zücker, uno de los exponentes de la corriente arquitectónica germana. Nacido en Friburgo (Suiza) en 1852, desde 1874 hasta 1904 estuvo radicado en Estados Unidos, donde proyectó importantes obras como la catedral de San Patricio, el Guilliard Building, el Majestic Hotel, el Harlem Casino y el Opera House de Meridian. En Buenos Aires también dejó su impronta arquitectónica, entre las que se destacan el edificio para la Empresa Villalonga, en la esquina de Balcarce v Moreno, y uno de los primeros rascacielos de Buenos Aires, el Plaza Hotel, de 60 metros de altura, concretado por encargo de Ernesto Tornquist en 1908. Allí incorporó a gran escala las por entonces novedosas carpinterías de hierro. Otras maravillosas realizaciones fueron el ya demolido Avenida Palace Hotel, el Gran Hotel Casino en Vértiz y Pampa; la Casa Galmarini en Alsina 1867 y el parque de diversiones que motiva esta nota.Inauguración y comentarios periodísticosLa inauguración oficial se realizó el viernes 3 de febrero de 1911 y fue abierto al público al día siguiente. El diario La Nación de ese viernes publicó una nota de cinco columnas con dos fotografías con los epígrafes “Circo Romano” y “Estación del Ferrocarril Panorámico”. De ese artículo transcribimos el siguiente fragmento: “En el parque japonés se realizó anoche la fiesta con que obsequiaba a los miembros de la prensa el directorio de las exposiciones internacionales, con motivo de la próxima inauguración. Orientado en la dirección del Paseo de Julio, con ubicación dentro de las seis hectáreas de terreno comprendidas entre la línea del ferrocarril Central Argentino, Callao y Recoleta, aquel tiene tres entradas; In principal frente a la calle Ayacucho, la de carruajes y automóviles con acceso al restaurant del Club Japonés, correspondiendo la otra a Callao, inmediata a la falda sur del volcán Fuji-Yama. De potra arquitectura japonesa, se destaca de estas tres entradas la de Ayacucho que es una casita nipona con toda las características de línea, colorido y luz que tan sugerentes hacen estas viviendas asiáticas. Las otras dos, de construcción más sencilla pero del mismo estilo, llaman igualmente desde lejos la atención por su gracia exótica; la impresión que se experimenta una vez en el parque japonés y la visión en primer término de la mole clásica del circo romano contrastando con el fondo rocoso y bravío de la montaña del Fujiyama que se erige sobre la orilla acantilada del gran lago, semeja una maravillosa transposición n un paraje extraño y bello donde todos los medios de solaz hubieran sido reunidos. El circo romano, reproducción del de la antigua ciudad de los Césares, se levanta en primer término con sus ciento veinte columnas, seis esfinges y los dos pabellones que flanquean el escenario inmenso, abierto al cielo y en donde son posibles los desfiles interminables de cabalgatas y comparsería por las dos rampas laterales que desde los subterráneos ascienden a la arena. El circo tiene capacidad pera 3500 espectadores sentados y el anfiteatro ofrece la particularidad que desde cualquier punto de observación no se pierdo detalle de lo que ocurre en la arena o en el escenario. Los palcos y los asientos están construidos como el auténtico circo romano. El volcán Fujiyama con su cráter entre nieves eternas se abre a considerable altura sobre el nivel del gran lago y del lago menor.

Esta montaña de dos cumbres con una bese de cuadra y media está penetrada en sus vertientes, hendeduras y abismos por los rieles de un servicio de dos coches cada uno, llamados trenes panorámicos. Durante el recorrido de mil metros, se penetra en toneles, se recorren valles, se ascienden cuestas, se deslizan pronunciadas pendientes y siempre y en todo instante se experimenta la sensación de un viaje aéreo atrevido. Dos lagos bañan la falda del Fujiyama, el gran lago y el lago menor, con una diferencia de nivel de 0,65 metros, lo que determina, por medio del canal subterráneo citado y un aparato elevador, el movimiento continuo de las agua. Descuellan en el centro del gran lago sobre mansa superficie surcada por canoas, los quioscos japoneses de las islas de las Gueisas. Dando vuelta por la avenida principal de los jardines y rodeándole circo romano hacia el norte, se hallan las ruinas de Taj Mahal a la margen del lago menor donde se toma pasaje en el tren panorámico y sobre el canal que luego cruza las entradas del monte hasta comunicar, como se ha dicho, con el gran lago. En estas ruinas empalma la línea de los botes del WaterChute con los trenes del Fujiyama, según reza el rótulo de uno de los sillares. Estos botes hacen un recorrido subterráneo y ondulado antes de salir lanzados al lago menor, igual en longitud y duración al de los trenes. El Club Japonés es una construcción de estilo nipón que habrá de ser el punto de reunión para las clases elegantes. Llama la atención en el comedor de invierno la reproducción exacta del templo Nico de Tokio. El pabellón de música es de líneas graciosas y delicadas que se destaca en las inmediaciones del club y frente a la casa de té (TiaYa). Aparte de otras numerosas diversiones que tiene el parque japonés, como la reproducción del terremoto de Mesina, donde se presencia desde el comienzo al fin el desastre que aniquiló a esta ciudad, el círculo de la risa donde una simple ley física es aprovechada para pasar un rato de hilaridad, riéndose de los otros y de sí mismo, está la curiosa aldea indostánica establecida en el extremo norte de los jardines con sus talleres y fábricas, bazares y objetos de la India.”

Ese mismo día, el diario La Prensa (4) publica una nota cuyo tono crítico se asemeja a una advertencia, que luego lamentablemente se cumpliría, relativa a su futuro funcionamiento. Se titulaba “Sobre una diversión pública. Conveniencia de realizar una inspección” y decía lo siguiente: “Inspirada en loables fines de seguridad pública, una persona entendida en tales asuntos, nos ha hecho ver la conveniencia de indicar a la Intendencia Municipal, la necesidad de realizar una detenida inspección técnica en las instalaciones del local de diversiones titulado Parque Japonés, que según se anuncia, se inaugurará mañana. Parece que la empresa que ha construido los edificios de los citados jardines y que se prepara a explotarlos por un crecido número de arcos, ha hecho caso omiso de las ordenanzas a cuyos términos debe sujetarse esa clase de construcciones, lo que entrañaría toda una serie de grandes y casi inevitables peligros para el público, en caso de un siniestro. En primer lugar se ha hecho uso y abuso de la madera liviana, lona y paja en las construcciones que representan montañas del Japón, las cuales forman un verdadero dédalo de pasadizos, corredores y estrechas galerías, todo destinado a la circulación del público, en trenes denominados panorámicos e iluminados con lamparillas de luz eléctrica. Después, no se ha consultado a nadie para establecer el servicio contra incendios, el que según los empresarios “de sistema norteamericano” y consiste en unos cajones de madera forrados por dentro de zinc y colocados en el interior de la montaña, por la que circulan unos pequeños trenes eléctricos. (…)”Continúa la nota dando detalles referentes a defectos del sistema hidráulico, que considera no apto para utilizar en caso de incendios. Cuestiona además la instalación eléctrica, advirtiendo que los cables fueron colocados sobre la madera sin tubos aisladores con el peligro de un eventual cortocircuito. Finaliza con una queja acusando de negligentes a las autoridades municipales y exigiéndoles una inmediata inspección, como así también el cumplimiento de las reglamentaciones vigentes.
El vespertino La Razón de ese mismo 3 de febrero comenta la inauguración oficial, ilustrándola con una fotografía tomada desde lo alto. La revista PBT (5) del 11 de febrero hace mención a la presencia del intendente doctor Joaquín de Anchorena y presenta una fotografía del interior del parque, en la zona de la “Aldea Indostánica”, donde se aprecia a un conjunto de indostanos con sus correspondientes indumentarias y atuendos. Caras y Caretas (6) exhibe dos fotografías, una del imponente “Circo Romano” y otra aérea donde se visualiza el “Tren Panorámico”. El texto derrocha elogios a su arquitectura y describe algunas particularidades, por ejemplo que “… En el centro del “Gran Lago”, cuya superficie surcan canoas, se advierten los kioskos japoneses de las “Islas de las Gueisas”… Cerca del club y frente ala “Casa de Té” se encuentra el “Pabellón de música”, de graciosas líneas y excelentes condiciones acústicas…”En lo referente al “Circo Romano”, el artículo destaca que “… los trajes, armas e indumentaria general que ostenta la corte imperial constituyen una rara reproducción fidelísima de la verdad histórica, que se extiende hasta la notable semejanza física del artista que interpreta a César. La idea de esta obra genial se debe a un conocido arquitecto, quien no ha descansado un momento hasta ver realizada su feliz iniciativa, dotando a Buenos Aires de un parque espléndido, por el que ya han desfilado, en sólo seis días, mis de 150.000 personas, y cuya construcción ofrece la garantía de solidez y seguridad, que le preste la inspección diaria ejercida en las obras por el ingeniero municipal señor Iturbe. (…)” Es posible que este comentario haya surgido con intención de disipar las opiniones críticas hechas, como vimos, unos días antes por La Prensa.La nota finaliza diciendo que “En opinión de muchos, el Parque Japonés es mejor y más completo que el Coney Island, el Luna Park de París, o la gran White City, de Londres, por cuyo triunfo merece el autor del proyecto, señor Zucker, una entusiasta felicitación, que liaremos extensiva al director general, señor Richard Savade, por el acierto demostrado en la organización interna del parque”.
La inauguración del 4 de febrero y la habilitación al público contó con notables avisos publicitarios en los medios periodísticos. La Nación publicó uno a tres columnas por 23 centímetros y La Razón otro a cuatro columnas por 25 centímetros, siendo el texto de ambos muy parecidos. Numerosos avisos exaltando la variedad de diversiones se sucedieron durante los días siguientes a la inauguración. La Nación del domingo 26 de febrero publica uno de grandes dimensiones, a seis columnas por 26 centímetros, que llama la atención porque se ofrece un premio en libras esterlinas en un concurso de trajes asiáticos. Y el precio de la entrada ya no es de 50 centavos sino de un peso.
Un accidenteAntes que el maravilloso parque cumpliera su primer mes, quizá por alguna de las razones que advirtiera La Prensa, se produjo un incendio que pudo ser rápidamente sofocado y felizmente no cobró víctimas. Se inició aproximadamente a las 0.40 de la madrugada del viernes 13 de marzo. A1 respecto, La Razón de ese mismo día dice que el posible origen del siniestro podría haber sido la falta de agua. El incendio destruyó totalmente las instalaciones del local donde se exhibía el espectáculo titulado “El terremoto de Messina”, quemándose además “… pequeñas barracas colocadas a espaldas del sitio donde se inició el fuego, en las cuales funcionaban distintos juegos, como ser el billar japonés, tiro al blanco, la pesca y otros… por un corto circuito o falla en el simulador de fuego”.Una vez pasado este accidente sin consecuencias, el Parque Japonés con su equilibrada conjunción de exotismo, fieras, ambientación japonesa, aldea indostana, montaña rusa de 50 metros de altura y una tecnología de avanzada para la época, que permitía efectos especiales, siguió provocando el asombro de los porteños, gente del interior y hasta turistas extranjeros. Toda esa presencia de personas de diversos orígenes también daba lugar a un curioso fenómeno, ya que en las cercanías del parque y en los lugares marginales del Paseo de julio, la noche nucleaba prostitutas, cafishios y malandras. De allí la ironía de “Garufa” cuando utiliza la expresión “… dice que sos un bandido…”
El Parque Japonés en la literaturaSegún refiere Horacio J. Spinetto en su trabajo “Retiro, testigo de la diversidad”, Raúl González Tuñón escribió en 1922 su hermoso poema “Eche 20 centavos en la ranura” en el viejo bodegón I Reí del Vini. Este poema da cuenta de la variedad de diversiones de este pintoresco parque. Por veinte centavos introducidos en la mágica máquina podían verse unas audaces “vistas” de hermosas mujeres gordas que exhibían sus piernas en mallas, por supuesto enterizas…“Cien lucecitas: Maravilla de reflejos funambulescos. Aquí hay mujeres y manzanilla. Aquí hay olvido, aquí hay refrescos. Eche veinte centavos en la ranura Si quiere ver la vida color de rosa” (…).Cabe destacar que el músico y cantor argentino residente en París, Juan “Tata” Cedrón, lo musicalizó y grabó en la década del sesenta. Se ha discutido acerca de los setenta balcones que inspiraron a Baldomero Fernández Moreno su famoso poema. ¿Dónde están? ¿En Callao y Corrientes? ¿Pueyrredón y Corrientes? ¿En Flores? Están frente al sitio donde se encontraba el “Parque Japonés”.El escritor y periodista Roy Bartolomew se encargó de aclarar la confusión aunque posteriormente, como luego se explicará, volvió a generarse. En una nota publicada en La Nación con el título Los setenta balcones y ninguna flor, ¿dónde?, relata que el 13 de junio de 1950 en el antiguo local de la SADE en calle México se le entregó a Fernández Moreno el Gran Premio de Honor. En su discurso de agradecimiento, el poeta habló de lo efímero de todo, hasta de sus poemas, sobre los cuales indicó que apenas sobrevivía uno, los “Setenta balcones y ninguna flor”, y según palabras de Baldomero, citadas por Bartolomew y confirmadas en Introducción a Fernández Moreno por su hijo César, “Todo se pierde, se escabulle, se evapora, y entre cientos y cientos de versos, después de publicaciones, declamaciones, diríase que no sobrenadarán más de dos ó tres peces tornasolados, qué digo, uno solo; los “Setenta balcones y ninguna flor”, ante cuyo anuncio se dibujaba en mí una sonrisa de ardua interpretación. Setenta balcones, ni uno más ni uno menos. Los de una casa nueva en Paseo de Julio, alturas del primitivo Parque Japonés, contados una noche es fumosa, en compañía de Pedro Herreros, desde un banco de piedras. Amigos, yo no soy más que el autor de “Setenta balcones y ninguna flor.”

Este testimonio tendría que haber cerrado la polémica, pero la confusión volvió a generarse cuando más de un periodista, no bien informado, citaba al edificio frente al Parque Japonés como ocupando “… el sector donde hoy se alza el Sheraton Hotel”, es decir refiriéndose al “Nuevo Parque japonés”. Arias Divito creía que el edificio Femenil, de Rivadavia al 5800 había sido el inspirador, porque en esos años el poeta vivía en San José de Flores y consideraba que no sería extraño que a diario pasara por allí, aunque el edificio de marras fue construido posteriormente a la concreción del poema.Es cierto que la mayoría de los porteños creen y en consecuencia “han determinado”, que el edificio sería el de Corrientes y Pueyrredón, en el barrio de Balvanera. Un simple recorrido por los balcones de este hermoso conjunto nos dará con seguridad, más de setenta balcones.En un relato que apareció publicado en 1986, Adolfo Bioy Casares hace una mención interesante, por su descripción, de esta ámbito en el momento de iniciarse los graves episodios de la “Semana Trágica” de enero de 1919. “…En cuanto al año, no caben dudas: 1919. Los muchachos no sabían qué hacer y decían que en la ciudad no había un alma, porque alg irnos amigos ya estaban veraneando. Salcedo convino en que el Parque Japonés quedaba cerca. Agregó: Será cosa de ponerse el rancho e ir en fila india, buscando la sombra. Están seguros de que en el Parque Japonés funciona el Nóumeno preguntó Arribillaga. Carlota dijo que sí. El Nóumeno era un cinematógrafo unipersonal, que por entonces daba que hablar, aún en las noticias de policía… Vale la pena costearse dijo Arribillaga para hacernos una opinión sobre el asunto. Entraron en el Parque Japonés. Arturo advirtió con cierto alivio que nadie se apuraba por llegar al Nóumeno Lo malo es que no era el único peligro. También estaba la Montaña Rusa. Para sortearla, propuso el Water Shoot, al que subieron en un ascensor. Desde lo alto de la torre, bajaron en un bote, a gran velocidad, por un tobogán, hasta el lago.
Pasaron por el Disco de la Risa, se fotografiaron en motocicletas Harley Davidson y en aeroplanos pintados en telones y, más allá del teatro de títeres, donde tres músicos tocaban Cara sucia, vieron un quiosco de bloques de piedra gris, en papier mache, que por la forma y por las dos esfinges, a los lados de la puerta, recordaba una tumba egipcia…” (7)Encontramos en los Cuentos Completos de Silvina Ocampo, editados por Emecé el trabajo titulado “La casa de los tranvías”, donde la singular escritora relata a través del personaje principal, un mayoral, que “…desde ese día la cartera dormía debajo de la almohada y las noches fueron angustiosas, llenas de sueños de rieles venenosos enroscados alrededor de su pescuezo en el Parque japonés.”Francisco García Jiménez, desde la nostalgia escribió: “…El amplio jardín de diversiones estaba instalado en ese bajo entre Recoleta y Retiro, comprendido por el final de las calles Callao y la prolongación de Junín, hasta llegar a las vías del entonces ferrocarril Central Argentino… Ninguno corno aquel Parque Japonés de nuestra nostalgia, que la empresa Tornquist (después Seguro) realizó tomando como modelo las ferias de atracciones de Europa y Nortemérica. Desde la “montaña rusa” con su vertiginoso trencito de ascensiones, curvas y descensos terroríficas, hasta el jolgorio de sus espejos deformantes; desde el “cafe?walk” al disco de la risa; desde la rueda gigante al “lago misterioso y de la sugestiva adivina al fakir del increíble lecho de clavos de punta que el visitante encontraba al paso todas esas excéntricas distracciones en las que el ingenuo entra con el aire avisado del listo, y el listo no tiene inconveniente en pasar por ingenuo. Inofensivo sofisma que, como estilo de vida, sería la solución de muchos problemas de la humanidad, sí no fuera que el sofisma juega solamente en el ´flanco’ despreocupado de una feria de diversiones. El Parque japonés que ofrecía todas esas y tantas más, durante las noches de la semana entera y las “matinées” del domingo, con extraordinario aporte popular y especialmente de gente menuda, tenía renos nocturnos “jueves de moda”, que, más que por un afán taquillero de la empresa, eran “de moda” por imposición de una selecta concurrencia que había dado en frecuentarlos. En esos jueves veraniegos se lucia merecidamente, en el muy expectable quiosco musical del parque una banda de eléctrico repertorio”. (8)
Del Diario de Antoine de Saint Exupery extraemos: “15 de diciembre de 1930. Mis amigos y sus esposas nos han invitado a Consuelo y a mí a pasear por el Parque Japonés. Había allí gran cantidad de gente, especialmente niños. Me atrajo su construcción con moderados toques de exotismo oriental. Hay en el centro un Lago Menor y un Gran Lago, y ente ellos, se levanta una réplica del volcán Fujiyama. que tiene unos toneles por los que pasa el famoso trencito. En el centro del Gran Lago, donde pudimos navegar en canoas, se encuentran los quioscos japoneses de las islas de las Geishas. Dentro del Fujiyama hay un estanque interior con grutas de estalactitas y estalagmitas. También visitamos la réplica del Circo Romano. Los juegos que más nos impresionaron fueron el looping de loop, desaconsejado para personas impresionables, el juego de las olas, el terremoto de Messina y el famoso water chute, donde en un carrito nos lanzamos por una pendiente al agua de un lago artificial. Consuelo no quiso volver sin antes disfrutar de las pistas de baile, animadas por orquestas de tango”. (9)
Un testimonio De los casi veinte años de vida del Parque Japonés quedan muy pocos testigos. Es muy difícil encontrar testimonios, pues se hacen necesarios diferentes factores, como tener más de ochenta años, haber estado en Buenos Aires y gozar de buena memoria. No obstante, pudimos hablar con una persona que tenía trece años cuando el Parque Japonés ya estaba por desaparecer. Además de recordar la montaña rusa y las lanchas del lago, nos dijo que la entrada daba derecho a un juego gratis, pero como no estaba aclarado, más de una persona no la utilizaba, “y ahí estábamos los chicos en la puerta del parque para pedir la entrada, ya inútil pero que nos permitía disfrutar de un juego; cuando teníamos varias, entrábamos”.El finalLa concesión municipal original caducó en 1925 y el parque continuó funcionando con un permiso precario. Nada anormal sucedía. Cinco años después, en el mediodía del 26 de diciembre fue destruido por el fuego. Ya no se trató de un incendio menor sino total. Las causas que le dieron origen jamás fueron aclaradas. La Nación del sábado 26 de diciembre nos refiere que “La Montaña Rusa del Parque japonés fue destruida Por un incendio que estalló en la mañana de ayer” y al comentar el hecho descarta que se debiera a causas de origen eléctrico. La Prensa del mismo día lo hace titulando que “Un Violento Incendio Que Se Declaró Ayer A Mediodía En El Parque Japonés, Destruyó En Parte La Montaña Artificial Por Donde Circulaba El Tren Eléctrico”, invalidando también la hipótesis del origen eléctrico del siniestro, informando en cambio que “el fuego pudo iniciarse a consecuencia de haberse desprendido una chispa de alguna de las locomotoras del ferrocarril Central Argentino que realizan maniobras por las vías próximas a la montaña…”.
También el diario vespertino Crítica titula la noticia en primera plana, “Se Incendio Hoy El Fujiyama. Es la célebre Montaña del Parque Japonés”, dejando para el interior una extensa nota encabezada “Ha Desaparecido Un Pedazo De Nuestra Historia Emocional”. Durante el año entrante, 1931, permaneció como parque abierto, hasta que en 1933 se demolió el “Teatro Romano”. Luego, en 1939 aparecería el nuevo “Parque Japonés” y en 1960 el “Ital Park”. Pero esos parques, también desaparecidos, ya corresponden a otra historia y a un Buenos Aires diferente.
BibliografíaGOBELLO, José y Bossio, Jorge A. Tangos, letras y letristas I. Editorial Plus Ultra.LUQUI, julio A., La Recoleta, apuntes sobre el barrio. Cuadernos del Águila. Fundación Banco de Boston.SPINETTO, Horacio J., Retiro, testigo de la diversidad. Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires. Cuaderno N° 3. Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.Diario La Nación. Años 1911 y 1930.Diario La Prensa. Años 1911, 1930 y 1983.Diario Crítica. Años 1911 y 1930.Revista PBT. Revista Caras y Caretas.Notas1 - Actual Avenida del Libertador.2 - SOLIÑO, Víctor, 1967, Mis tangos y los atenienses, Montevideo, República Oriental del Uruguay, Editorial Arca.3 - GOBELLO, José, Nuevo diccionario lunfardo, Buenos Aires, 1994, Ediciones Corregidor.4 - Diario La Prensa, Nro. 14.714, Buenos Aires, viernes 3 de febrero de 1911 .5 - Revista PB.T., Nro. 324, Buenos Aires, 11 de febrero de 1911.6 -Revista Caras y Caretas, Nro. 645, Buenos Aires, 15 de febrero de 191 I.7 - BIOY CASARES, Adolfo, “Nóumeno”, en Historias desaforadas. 1986.Tomado de la página www.literatura.org/Bioy/noumeno/html (junio de 2003).8 - GARCÍA JIMÉNEZ, Francisco, Así nacieron los tangos.9 - Tomado de
http://saint-exupery.com.arld
¡ario.htm, junio de 2003.10 - Testimonio del señor Serafín Oterino, que agradecemos.Esta nota fue publicada en “Historias de la Ciudad - Una Revista de Buenos Aires” (N° 22, Agosto de 2003)