EL BUENOS AIRES DE BORGES




Carlos Alberto Zito: EL BUENOS AIRES DE BORGES

EN SU JUVENTUD SE EMOCIONO CON LAS FORMAS Y LOS MITOS DE LOS BARRIOS DE LA CIUDAD. AMO EL CIELO AZUL Y LOS ATARDECERES DE BUENOS AIRES. LUEGO FUE OLVIDANDO ESE FERVOR, MIENTRAS LA IMPLACABLE CEGUERA AVANZABA. EN SU VEJEZ, ESE LABERINTO DE CALLES Y LEYENDAS POBLO NUEVAMENTE SUS SUEÑOS Y SUS POEMAS. ENSAYO


Una rigurosa investigación que despliega el mapa de la ciudad amada por el poeta. ARRABALES. Borges recrea en su juventud las historias de los cuchilleros, guapos, malevos, compadres o compadritos y de su feudo: el boliche. Con el tiempo abandona el tema, para retomarlo en los 70, ya anciano, con un tono teñido de nostalgia. Buenos Aires tuvo muchos poetas que cantaron a sus calles y escritores que recrearon sus barrios, pero sin dudas fue Jorge Luis Borges el único que lo hizo obteniendo una audiencia universal. El prestigio obtenido por su obra en todo el mundo, logró que la ciudad de Buenos Aires alcanzara en la literatura el carácter legendario de la Praga de Kafka, el Dublin de Joyce, o la Lisboa de Pessoa. El Buenos Aires de Borges no fue simplemente el telón de fondo de gran parte de su obra, sino la materia de la que ésta se alimentó en enorme medida. Su literatura -sobre todo su primera poesía- nació de la emoción que le produjeron el descubrimiento y la contemplación de sus barrios. Luego, muchos de sus cuentos se inspirarían en personajes e historias de los arrabales porteños de fines del siglo pasado, o se desarrollarían en los barrios de la ciudad en la primera mitad de este siglo. Hasta sus más profundas reflexiones metafísicas, como la "Nueva refutación del tiempo", nacieron de una experiencia en una calle pobre de Palermo. De todos los temas que abarcó su creación, pocos persisten a lo largo de toda su obra como la ciudad de Buenos Aires. Borges y Buenos Aires son dos productos únicos, nacidos ambos de la amalgama de culturas europeas con hábitos argentinos, en ese sitio del mundo que alguien llamó acertadamente "puerto de extremo Occidente". La originalidad de Borges se debe, pues, en buena medida, a la originalidad de la ciudad en la que vivió. El mismo lo entendía así: "Si hubiera nacido en cualquiera parte... en Yorkshire, un lugar más lindo que éste, no sería yo el que hubiera nacido allí, sino otra persona". Buenos Aires cría (crea) a Borges, y Borges re-crea a Buenos Aires, hasta llegar a inventarle una nueva fundación, poética y excéntrica. De tal forma, hay un Buenos Aires que sólo es visible a partir de sus textos; esa ciudad que surge de sus primeros poemas como pintada por De Chirico; una ciudad de calles rectas y solitarias, con trozos de arquitectura tirados sobre la llanura, con horizontes incandescentes y casi sin personajes, sino austeras y huidizas siluetas. Para Carlos Fuentes "el primer narrador totalmente centrado en la ciudad, hijo de la urbe que corre por sus venas con palabras, rumores, silencios y orquestaciones de piedra, pavimento y vidrio, es Borges. Quien conoce Buenos Aires sabe que el más fantástico vuelo de Borges ha nacido de un patio, de un zaguán o de una esquina de la capital porteña. Pero quien conoce Buenos Aires también sabe que acaso ninguna otra ciudad del mundo grita con más fuerza: Verbalízame!". Bajo el título El Buenos Aires de Borges, este libro pretende evocar los lugares de la ciudad ligados a la vida y a la obra de Jorge Luis Borges. Es decir, por un lado, las casas donde vivió y donde escribió sus libros, los barrios que gustaba recorrer en sus largas caminatas, las dos bibliotecas públicas en que trabajó tantos años, las librerías que frecuentaba, los cafés donde se reunía con sus amigos. Por otro lado, se trata de registrar los lugares de la ciudad que están presentes en su obra: las calles suburbanas de sus poemas, las casas y los barrios en que transcurren sus cuentos, y hasta los rincones imaginarios que creó en sus ficciones. El primero de esos dos Buenos Aires, el que fue demarcando a lo largo de todo el siglo como su territorio de vida, concierne más al Borges civil que al célebre escritor, del cual él mismo quiso siempre tomar distancia: "Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico". Puede decirse que este último Borges, el escritor cien veces laureado, el aristocrático señor de traje oscuro y bastón, el conferencista erudito, fue la profesión ejercida en su madurez por un muchacho porteño seducido por los barrios humildes, bromista, infatigable, lector, tímido, desdichado en amores, bebedor de caña en oscuros cafetines y aficionado a los tangos de la guardia vieja. "Con (Francisco Luis) Bernárdez salíamos a explorar Buenos Aires, siempre en sábados o domingos. Llegábamos en la madrugada a Puente Alsina o al fondo de la Chacarita o al barrio de Saavedra, donde vivía Xul Solar. Allí nos palparon de armas dos veces porque entre Cabildo y la estación que ahora se llama Rivadavia, se extendía una zona muy brava. Había un gran monte de ombúes, una ranchería, el arroyo Medrano y, atrás, una chacra. Eramos muy jóvenes y con Bernárdez, no sé si esto debo confesarlo, estuvimos (yo mucho más que él) a punto de convertirnos en borrachos, proque nos parecía que así éramos más criollos y porteños." Obviamente, ambos Borges, el privado y el público, fueron las dos caras de una misma moneda: opuestos pero inseparables; distintos, pero una sola cosa. Aunque, en los últimos años, el incesante candidato al Nobel terminó colonizando al discreto peatón, impedido de seguir siéndolo por la fama, la vejez y la ceguera. De allí el método elegido para este trabajo: seguir biográficamente los pasos de Borges por Buenos Aires, rastreando luego las secuelas en su obra y, paralelamente, descubrir en sus páginas los lugares concretos de su existencia. El propio Borges, cuando se propuso contar la vida de otro poeta de Buenos Aires -Evaristo Carriego- eligió ese sistema: la evocación de los lugares donde solía vérselo. Del mismo modo, seguir a Borges por las calles de Buenos Aires nos permite ver al gran escritor a una escala humana, y entender mejor la mirada poética que posó sobre la ciudad. Borges vivió en su ciudad natal durante casi todo el siglo. Sin embargo, el Buenos Aires que instintivamente se asocia a su nombre es el Buenos Aires antiguo y el de los barrios alejados del centro. Esa es la ciudad que conservó en su memoria y la que encontramos en su obra. Se pueden distinguir distintas etapas de su relación con Buenos Aires y, consecuentemente, la forma en que impregnan su literatura. En un principio está el niño, Georgie -como se lo llamaba entonces- que pasa los días encerrado, leyendo en la biblioteca de su padre, y que sólo ve la ciudad desde el jardín de su casa, o a través de la ventanilla del tranvía durante las salidas con su familia. A esa información casi exclusivamente visual, se agrega entonces la que recibe en el salón de su casa, escuchando las conversaciones de los mayores. Entre los amigos de su padre que allí suelen contar sus historias, están dos de los más agudos observadores de Buenos Aires: Evaristo Carriego y Macedonio Fernández. Sin sospechar aún el magnetismo que la ciudad ha comenzado a ejercer sobre su espíritu, a los catorce años parte a Europa con su familia. En el tiempo que permanece allí, la curiosidad por Buenos Aires crecerá incesantemente. A los veintiún años, vuelve ansioso de reencontrarse con esa ciudad que ha fermentado en su imaginación. Por entonces, los porteños se enorgullecen de la imponente metrópoli que brota en el centro. A Borges no le interesan estas avenidas y esos edificios inspirados en los que acaba de ver en París o en Madrid. El joven poeta quiere ver el Buenos Aires profundo, rioplatense, pampeano, el que se hace solo, si consultar a los europeos, en los bordes de la ciudad. Borges da vuelta el tapiz que todos admiran, y descubre el revés de la trama: el suburbio es indigente, rústico, esencialmente "antiestético". Pero Borges "lo siente", y sabe que donde hay emoción hay belleza; que si el arrabal es patético, es poético. Crear así una nueva estética de ese paisaje, tan ignorado hasta entonces que le basta nombrarlo en voz alta para poetizarlo: "Nombrar, en los comienzos de una literatura, equivale a crear", reconoce ya en 1926. Ese interés de Borges por los barrios de Buenos Aires nace en buena medida de Carriego, el poeta que veinte años antes había descubierto "las posibilidades literarias de los desacreditados y humildes suburbios de la ciudad...", como declara Borges en su Autobiografía. Carriego murió a los 29 años, dejando un solo libro de poemas publicado. Al evocar su propia adolescencia, Borges cuenta que al viajar a Suiza había llevado un ejemplar de ese libro, que el propio Carriego había obsequiado y dedicado a su padre, y agrega: "Allí lo leí y releí". El Borges que descubre los barrios de Buenos Aires es el joven veinteañero que escribe poemas ultraístas saturados de metáforas; aquel que buscaba "con ingenua fe platónica/ por las largas aceras de la noche del Sur o en la guitarra de Paredes/ o en fábulas de esquina y de cuchillo/ o en el alba, que no ha tocado nadie,/ la secreta ciudad de Buenos Aires". Ese muchacho culto y de buena familia deambula entonces por los arrabales y espía los bajos fondos de la ciudad, donde bulle el tango recio y prostibulario. Busca -un poco por rebeldía, pero también por instinto poético, obedeciendo a su emoción- el Buenos Aires argentino, el que se funde con el campo, el que no puede ser confundido con París. Hay en esto un impulso nacionalista o, mejor dicho, argentinista, porteñista, que el propio Borges llama "criollismo". "A los criollos les quiero hablar: a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa", comienza diciendo en su libro El tamaño de mi esperanza, escrito a los 25 años, y al que más tarde desheredó, impidiendo en vida toda reedición. Por entonces, emocionado por la singularidad de su ciudad, reclama, con acriollada ortografía, una poética a su altura: "Nuestra realidad vital es grandiosa y nuestra realidá pensada es mendiga. Aquí no se ha engendrado ninguna idea que se parezca a mi Buenos Aires, a este mi Buenos Aires innumerable que es cariño de árboles en Belgrano y dulzura larga en Almagro y desganada sorna orillera en Palermo y mucho cielo en Villa Ortúzar y proceridá taciturna en las Cinco Esquinas y redondel de pampa en Saavedra". Más tarde, en los años 30 y 40, vemos al hombre maduro que construye una importante obra literaria con los temas más universales, al tiempo que descubre la densidad de los barrios del Sur, cuyo aire grave le servirn á magníficamente para ambientar varias de sus historias más famosas. Sus largas incursiones a pie serán el mejor medio para observar la ciudad en detalle, para "sentirla" -como gustaba decir- y para fotografiar con su retina los paisajes que luego fijará en versos y cuentos. "Georgie era un desaforado caminador. Batía todos los rumbos de la ciudad. En especial, los arrabales", dirá uno de sus más cercanos amigos de entonces. A mediados de los años 50 comienza la leyenda de Borges, cuando alcanza su sueño de vivir en un universo de libros infinitos: en 1955 es designado director de la Biblioteca Nacional, y ese mismo año pierde definitivamente la vista. Sus ojos ya no pueden ver los libros ni la ciudad, pero ambos ya están fijados minuciosamente en su memoria, y de ella seguirán brotando -aunque anacrónicos- textos y poemas que llenarán aún varios volúmenes. Finalmente, llegamos al anciano ciego y desdichado, que se consuela componiendo poemas de memoria en la soledad de su cuarto, mientras le llueven los premios y los títulos honorarios desde los cinco continentes. Este itinerario de vida deja ver el peso que en ella tuvo Buenos Aires: Borges vivió sus primeros veinte años entre libros, y los últimos treinta, entre sombras. En medio de ambos exilios se sitúan las tres décadas en las que fue un ciudadano como los otros, en que tuvo trato con todo tipo de gentes y en las que vio el mundo real con todas sus formas y colores. Ello ocurrió únicamente en las calles de Buenos Aires. El Buenos Aires "real", la metrópoli en que Borges vivió es de presentación problemática: desde el nacimiento del poeta, en 1899, hasta su muerte en 1986, su existencia cubrió prácticamente todo el siglo XX. Las transformaciones que sufrió la ciudad en ese largo período fueron enormes. El Buenos Aires en que Borges nace se halla en un proceso de cambio fulminante. En sólo veinte años la tranquila población de ambiente casi colonial se convertirá en la segunda ciudad latina del mundo, sólo superada en importancia por París. Klaus Wagenbach, biógrafo de Kafka, escribió hace algunos años un libro titulado La Praga de Kafka que aún hoy guía al visitante por una ciudad que poco ha cambiado desde los años del escritor. Eso es casi imposible con el Buenos Aires de Borges, que va desde el tranvía a caballo y un horizonte de casas bajas hasta las autopistas urbanas y los rascacielos de cristal y acero. Esa dificultad se ve agravada por la visión retrospectiva que Borges tuvo siempre de Buenos Aires: aun en las páginas escritas en los años 80, la ciudad de la que nos habla casi nunca pasa de 1940. Esto no significa que ese Buenos Aires de Borges haya desaparecido físicamente. Muchos de los lugares ligados a su vida han cambiado, pero muchos otros perduran en la ciudad y pueden ser visitados. Además, el paisaje del suburbio que nos dejó en sus poemas sigue vivo. Bastará con buscarlo en los fondos de Barracas, Pompeya o Mataderos, o algunos kilómetros al sur o al oeste de la ciudad. En lo que hace a la obra de Borges, hay allí dos Buenos Aires sucesivos y bien diferenciados. El primero, el de sus páginas de los años 20, es barrial, suburbano, casi desierto. En sus tres primeros libros de poemas descubre (deja al descubierto) el Buenos Aires de las orillas, donde la ciudad se desgarra en barrio pobre, ya con olor a campo, y anda por unos arrabales llamados Palermo, Villa Ortúzar, Almagro o Saavedra. El segundo, presente fundamentalmente en sus cuentos, casi no cruza la avenida Pueyrredón. Es el Buenos Aires antiguo, construido, el de la ciudad vieja: Constitución, el Sur, el Bajo, el Centro. Y si incursiona en Palermo, es porque el barrio ya se ha añejado. El primero es lírico, raleado, paisajístico y frágil; el segundo, histórico (de historias), duro, misterioso y denso. El primero sale de los textos de Borges. En el segundo, los textos de Borges entran. Puede decirse que hasta los años 30, Borges inventa una forma de ver la ciudad. En los tres volúmenes de poesía (Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente y Cuaderno San Martín) y en los tres de ensayo (Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza y Evaristo Carriego), todos escritos en la década del 20, Borges sorprende con la alta emoción estética que pueden generar los barrios humildes de la ciudad. A través de ellos muestra a Buenos Aires de una manera enteramente nueva, desconocida e insospechada hasta entonces. En la década del 30, Borges se aleja temporalmente de la poesía y de Buenos Aires, dedicando lo principal de su producción a ensayos y a textos de ficción. Más adelante la ciudad volverá con fuerza a sus páginas, pero ya no clara y conmovedora, sino oscura y densa, como escenario de relatos truculentos o como móvil de una poesía nostálgica o metafísica. Los barrios ya no destellan en imágenes o metáforas sorprendentes, sino que impregnan tácitamente, con su severa presencia, turbias historias de sangre o relatos fantásticos. En ambos, la atmósfera es tan importante como la trama. A Borges le bastará tan sólo con escribir "arroyo Maldonado" para crear marginalidad social, o "calle Garay" para imponernos una casa de la burguesía decadente. Pero en casi todos los casos, la ciudad que Borges muestra en sus poemas de madurez, o que utiliza como escenario de sus cuentos, es un Buenos Aires pretérito, distante en el tiempo, cuatro o cinco décadas -al menos- respecto del momento de su evocación. Entre la ciudad que Borges vio de niño en 1900 y la que dejó definitivamente en 1985 hay un abismo. Cada década del siglo fue modificando -muchas veces profundamente- su fisonomía y su ambiente social. La apertura de grandes avenidas, el aumento del tránsito y la masiva sustitución de las viejas casas por edificios de departamentos, transformaron radicalmente la capital argentina. Muy poco de esto, sin embargo, está en la obra de Borges. El poeta había dejado de ver la ciudad desde los años 50. Las amarillentas imágenes fijadas hasta entonces en su memoria fueron las cartas que quedaron en sus manos, y con ellas jugaría hasta el final de la partida. Pero Borges es consciente de esa distancia: "En aquel Buenos Aires, que me dejó, yo sería un extraño. Sé que los únicos paraísos no vedados al hombre son los paraísos perdidos. Alguien casi idéntico a mí, alguien que no habrá leído esta página, lamentará las torres de cemento y el talado obelisco". En la mitad de su vida, con la pérdida de la vista, termina su contemplación de Buenos Aires y comienza su evocación. Allí se apaga la luz sobre ese escenario que era Buenos Aires, y a Borges no le quedan más que recuerdos. Inconmovible, en La cifra, libro de 1981, continúa cantando a la ciudad de fin de siglo en poesías nostálgicas como "Milonga de Juan Muraña" o "Epílogo". Pero esa nostalgia de sus poemas y cuentos no es meramente añoradora, sino destinada muchas veces a poner en perspectiva personajes e historias, para darles densidad y peso. Crea así una canción de gesta, y por lo tanto una gesta, que se transformará en mitología de la ciudad. La luz es elemento fundamental en la pintura que Borges hace de su ciudad en sus primeros poemas. Fuertemente visuales, esas composiciones, más que describir la ciudad, la iluminan y son muchas veces sólo la emoción de la luz en las calles porteñas. "Penumbra de la paloma llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde cuando la sombra no entorpece los pasos la venida de la noche se advierte como una música esperada y antigua, como un grato declive. En esa hora en que la luz tiene una finura de arena, di con una calle ignorada abierta en noble anchura de terraza, cuyas cornisas y paredes mostraban colores tenues como el mismo cielo que conmovía el fondo..." "La clara muchedumbre de un poniente ha exaltado la calle..." "Vi las casas azules Vi las casas que tienen colores de aventura. Eran como banderas hondas como en naciente que suelta las afueras. Las hay color de aurora y las hay color de alba; Su resplandor es una pasión ante la ochava De la esquina cualquiera, turbia y desanimada..." Una y otra vez, como previendo su ceguera, Borges aborda el tema del ocaso, de la luz que se extingue, de la penumbra inminente: "...al cesar la luz caduca el simulacro de los espejos que ya la tarde fue apagando. Siempre es conmovedor el ocaso por indigente o charro que sea. Pero más conmovedor todavía es aquel brillo desesperado y final que herrumbra la llanura cuando el sol último se ha hundido". La luz de las tardes -afirma- es la que mejor conviene a Buenos Aires y la que facilita su contemplación estética. En un texto escrito a poco de regresar de Europa, en 1921, e incluido luego en Inquisiciones, razona esa preferencia: "Ni de mañana ni en la diurnidad ni en la noche vemos de veras la ciudad. La mañana es una prepotencia de azul (...) un despilfarro manirroto de sol amontonándose en las plazas (...) El día es campo de nuestros empeños o de nuestra desidia, y en su tablero de siempre sólo ellos caben. La noche es el milagro trunco: la culminación de los macilentos faroles y el tiempo en que la objetividad palpable se hace menos insolente y menos maciza. La madrugada es una cosa infame y rastrera, pues encubre la gran conjuración tramada para poner en pie todo aquello que fracasó diez horas antes (...) Queda el atardecer. Es la dramática alteración y el conflicto de la visualidad y de la sombra (...) La tarde alista un fácil declive para nuestra corriente espiritual y es a fuerza de tardes que la ciudad va entrando en nosotros. (...) Y en los alrededores del crepúsculo! Acontecen gigantescas puestas de sol que sublevan la hondura de la calle y apenas caben en el cielo. Para que nuestros ojos sean flagelados por ellas en su entereza de pasión, hay que solicitar los arrabales que oponen su mezquindad a la pampa. Ante esa indecisión de la urbe donde las casas últimas asumen un carácter temerario como de pordioseros agresivos frente a la enormidad de la absoluta y socavada llanura, desfilan grandemente los ocasos como maravilladores barcos enhiestos".