LEÓNIDAS BARLETTA: CUENTOS DEL ZAPATERO ARTIDORO




Leónidas Barletta (1902-1975) nació en Buenos Aires, fue escritor, periodista y dramaturgo. Figura central del Grupo Boedo, el cual funda junto a Elías Castelnuovo, Álvaro Yunque y Roberto Mariani, crea en 1930 el Teatro del Pueblo. Su personalidad resulta clave a la hora de analizar la historia cultural argentina del siglo pasado.Huérfano de madre a los siete años y de padre ausente, Barletta pasa su niñez al cuidado de diferentes tías. Salgari, Dumas y Verne estuvieron entre sus primeras lecturas. Cuando terminó la escuela primaria decidió no estudiar más y empezó a ganarse la vida trabajando. Entre 1924 y 1937, en paralelo con sus actividades literarias y teatrales, fue despachante de aduana en el puerto. Tras unos años como presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, en 1952 fundó Propósitos, un periódico político–cultural en el que acaso desarrolló su máxima lucidez como periodista e intelectual. Desde allí se opuso a los golpes militares, criticó ácidamente a Juan Perón durante y después de sus dos primeras presidencias y rescató la figura de Evita, denunció las maniobras para privatizar la producción y explotación del petróleo y defendió el rol de YPF, rechazó la requisitoria de EE.UU. para que la Argentina se sumara a la guerra de Vietnam. Posturas estas que le significaron persecuciones y clausuras varias. Propósitos, que llegó a tener una tirada de 100.000 ejemplares, quedó descontinuado en 1975, año del fallecimiento de Barletta.
Los temas centrales de su vasta producción literaria son la pobreza y las diferencias sociales. Sus personajes son, en general, hombres y mujeres pobres, y sus circunstancias, sentimientos e historias son narrados desde una óptica solidaria y comprensiva. En su obra podemos mencionar entre otros libros Royal circo, Historia de Perros, La felicidad gris, De espaldas a la luna, Pájaros negros, Canciones agrias, Cuentos realistas, Vidas perdidas, Vientres trágicos, La ciudad de un hombre, El barco en la botella, Vigilia por una pasión, Cuentos del hombre que daba de comer a su sombra y el ensayo Boedo y Florida

CUENTOS DEL ZAPATERO ARTIDORO

1 Dilema

A las seis de la mañana Artidoro dejaba el catre y ponía en acción sus sentidos en la piecita oscura que un tabique de tablas formaba al dividir el pasillo abandona­do en local del tallercito de composturas de calzado.
El lugar era tan estrecho que al pasar delante de la mesita del zapatero había que ponerse de costado.
Se llegaba a él desde la calle bajando ocho o diez escalones de mármol agrietados y sucios, los primeros cua­tro o cinco en línea recta desde la vereda, los siguientes, doblando bruscamente hacia el pasillo que recibía un po­co de aire y luz de un ventanuco a ras de la vereda. Pe­ro si el lugar no era ancho, en cambio tenía el largo su­ficiente para ubicar el catre, una silla de paja, una me­sita de madera, el tabique con una abertura sin puerta, una pileta con su canilla de agua, la banqueta de traba­jo, una silla de paja con las patas cortadas y trapos en el asiento que se amoldaban a la forma del cuerpo, y ha­cían menos penosa la posición. Al lado estaba la horma alta, el trespié, el tacho del agua para mojar la suela, las herramientas y un centenar de zapatos viejos que colga­ban de las paredes, sujetos por pares, de los cordones en­ganchados a un clavo.
Los inventarios son engorrosos y es posible que me olvide de muchas cosas que merecen ser anotadas. Pero es tan poco lo que tengo que decir de Artidoro, que si no enumero las cosas que formaban su mundo, lo poco que diga de él no tiene sentido.
Los momentos siguientes al despertar eran, sin em­bargo, los más agradables para el zapatero. No era gor­do, ni flaco, ni alto, ni bajo, ni calvo, ni melenudo, ni blanco, ni trigueño, era. . . Artidoro. Oía cómo se detenía el carro del lechero y la puntualidad pétrea del marchante le servía de reloj.
No se lavaba por falta de hábito, porque sus manos estaban tan percudidas y con una costra tan gruesa de tinta, cera, betún y cola que el agua y el jabón no pene­traban. Se pasaba un trapo húmedo por los ojos, se so­naba, se peinaba con los dedos, se enjuagaba la boca con ­un sorbo de agua que echaba en el tacho donde remojaba la suela y pasando sobre los zapatos esparcidos por el sue­lo, a riesgo de perder el equilibrio, llegaba hasta su si­llita, se colgaba del cuello el delantal increíblemente su­cio y se ponía a trabajar.
Un calorcito tenue subía por su cuerpo. La luz que entraba era todavía incierta. Si tenía hambre abría el cajón de la mesita y buscaba hasta encontrar envuelto en el mismo papel de la despensa un pedazo de queso duro. En una bolsita que pendía de uno de los palos del res­paldo de la silla había galletas marineras.
Masticaba durante un rato (rusicaba decía él en su endiablado dialecto) sin dejar de trabajar y no siempre, en la misma lamparita de alcohol donde se calentaba el fierro para extender la cera, se hacía un jarro de café o de mate.
Esto no ocurría durante las fiestas del Centenario, sino en los días que corren. Y a pesar de la puerta clausurada del fondo del pasillo, junto al catre, puerta de ­hierro que daba al patio del conventillo, muchas cosas del mundo se colaban en el agujero del taller de com­posturas.
Sin embargo, lo que más angustiaba a Artidoro era el precio de las cosas. No hablemos de la suela, de los cla­vos, del cemento, todo subía. La gente se miraba azorada. El pan a tres pesos con ochenta. Y el pan, ya se sabe, sólo a los ricos puede prohibírseles que coman pan y lo susti­tuyan con grisines.
Pero la angustia casi llega a la desesperación el día que Antonio, el verdulero, que se ponía el sombrero a la mon­tañesa, asomó la cabeza en el cuchitril y gritó:
—¿Querés algo, vó?
—Dame una manzana (bueno: dijo mensana) y una cabeza de ajo.
—La manzana hoy te sale tres pesos y el ajo uniochenta…
Artidoro se quedó con el martillo en el aire. Se sacó los clavitos de la boca y con los ojos grandes fijos en el verdulero, murmuró:
—¿Te volviste loco, Antonio?
—¿Loco yo? Vamo, Artidoro, despertate un poco…
El zapatero musitó:
—No preciso nada, dejalo por hoy, no preciso nada…
—Ahora el loco sos vo… algo tenés que comer si no te querés enfermar... Sacá de la ollita... private de todo, pero de comer no, que te vas a arruinar.
Y cuando le trajo la cabeza de ajo y la manzana y de cinco pesos le dió veinte centavos de vuelto, le hizo, con un chiquito de burla:
—Total. .. a vo trabajo no te falta. En ve de cobrar diez y ocho la media suela, la cobrás veinticinco. ¿Es­tamos?
Bruscamente, Artidoro, se irguió con los ojos llenos de fuego, crispado. El martillo cayó al suelo, la banqui­lla se tambaleó.
—¡Ma qué estamos, ni estamos... —gritó—. ¿Quie­ren hacer volver loca a la gente? Primero el viaje estaba a mil y quinientos y la media suela clavada a seis pesos… y junta y junta; después vino a tres mil y la media sue­la a nueve... y junta y junta: ahora el viaje está, a ocho mil y quinientos y la media suela a diez y ocho, y siempre te falta, y aquella pobre espera que te espera Y no la puedo hacer venir.
Y se le ahogó un sollozo en la garganta.
El verdulero se detuvo con el pie en el primer escalón y le reprochó seriamente:
—Miralo al grandote, llorando como una criatura por una mujer.
El zapatero se había vuelto a sentar y se llenaba la boca de clavos.
Sentía cómo las lágrimas calientes corrían por la piel dura de su cara. Puso una fila de clavitos, se detu­vo y sacó de la bolsa la cabeza de ajo. Entre sus dedos negros era como una joya recubierta de seda. La abrió de­licadamente. Eran diez dientes rosados, apretados, bri­llantes. Sacó uno, lo picó con la trincheta usando la ga­lleta como platillo y empezó a comer. El ajo con su olor picante le comunicaba cierto vigor. Se reprochaba: ¿Sabroso, eh? (Saporito). Por cada diente de ajo que comés, son diez y ocho centavos que le sacás al viaje de Estela. Pero tampoco voy a juntar la plata para que venga a ver a un muerto.
Siguió trabajando y con cada golpe de martillo, pen­saba: Si me gasto la plata en la comida, no la puedo ha­cer venir; si no como me arruino y si no viene, seguro ­que me voy a morir.

2 Soledad

—…Beniamino… Michelino... Rocco... Felisa… Guiseppina… Fabrizio... Carlino... Mariannina...
Y con cada clavito que hundía en la suela de un mar­tillazo, Artidoro pronunciaba un nombre, con la boca lle­na de diminutos clavos.
Para cada cosa tenía su modo. Si machacaba suela, cantaba una especie de stornelli, pero no finos y llenos de arabescos musicales como los que se cantan en Flo­rencia, sino rústicos como los que entonan los cafones de los montes del mediodía de Italia:
Como t'vogli' amare
Si si n'a pazza
Disera t'a bacciato
U Martinese
Cuando cortaba suela, agarrando la trincheta como si fuera a cortar pan casero, poniéndose la suela debajo del brazo, solía decir invariablemente:
—Genariello, va te fa lu pilo e lascete quatro pili c'a manza.
Y como si esa fuera la señal de comenzar a dar tajos: Genarito, andá a cortarte el pelo y dejate el flequillo: tiraba tremendas cuchilladas a la suela de afuera hacia adentro sin desviarse de la línea marcada.
En vez, cuando raspaba los bordes con la escofina canturreaba:
—...per mé pare un sogno... tarará...rá...rá­rararára...
Los perros metían brevemente la cabeza por el ventanito de la vereda y se retiraban visiblemente disgusta­dos, sin desear otra cosa, porque es sabido que los perros tienen sus propios olores, oyen algo más que nosotros y ven lo que no hemos alcanzado a materializar en el ambiente.
El olor a cuero sucio, a suela mojada y a cola no parecía ser de la preferencia de los perros. Pero los chicos del conventillo de al lado se sentían atraídos por el entresuelo y echándose a lo largo espiaban por el agujero del taller del zapatero.
Fué así como descubrieron que Artidoro hablaba so­lo y en ocasiones, la horma de hierro alta le servía de interlocutora. O se ponía el martillo delante de la cara para increparlo:
—Este es el cuento de Fausto y Mefistófeles. Lo que el hombre busca para hacer feliz, lo paga con pedazos de su vida. ¿Entiendes?
Como hablaba al uso de su pueblito parecía más mis­terioso.
A veces completaba su pensamiento con unas pala­bras en voz alta o terminaba un discurso dando un mor­disco a un lechoso hinojo crudo que sacaba, con toda su fina cola verde, de la bolsa que pendía del respaldo de su silla.
Los chicos primero se lo dijeron a las mujeres, que son más atentas a las confidencias de los niños. Y las mu­jeres se lo confiaron a los hombres, que hacen como que escuchan a las mujeres nada más que para complacerlas, mientras piensan en lo suyo y mordisquean su cigarro.
Los hombres se pusieron al acecho y se persuadieron de que Artidoro no estaba sano.
No salía ni los domingos, ni de noche. Era hosco con los que le llevaban sus botines a componer, especialmente si eran mujeres.
No miraba a la cara. Era torpe para envolver en una hoja de diario la compostura y torpe para hacer la cuen­ta. Nunca se lo había visto cocinar. Bebía un trago a escondidas. Y ahora los chicos habían visto que sacaba un clavito de la boca, lo hincaba con el dedo en la suela y le daba un nombre antes de hundirlo con aquel martillo on­dulado que hacía recordar a un tacón de mujer.
Deliberaron en la puerta del conventillo y decidieron que Filomena fuese a tirarle de la lengua a ver cómo an­daba de la cabeza. Y ya se sabe, sobre este particular la humanidad no se ha puesto de acuerdo todavía.
Filomena bajó al taller de Artidoro y dándole unos zapatos le dijo:
—Las tapitas...
Artidoro revisó los zapatos tomándolos con una sola mano y los devolvió, diciendo:
—Estas tapitas pueden tirar tres o cuatro semanas más... yo no las pongo...
—Y a usted qué le importa que yo las quiera cam­biar ahora —le dijo Filomena—. Yo se las pago y usted no tiene nada que ver.
El zapatero movió tercamente la cabeza:
—Yo no las pongo...
—Usted —espetó Filomena sin preámbulos— tiene que hacerse ver. Me parece que anda mal de la azotea. Dí­game zapatero, ¿es cierto que cada uno de los clavitos que usted pone tiene nombre?
—Tiene nombre y apellido —respondió Artidoro sin inmutarse.
A Filo se le escapó una risita.
El zapatero dejó de trabajar, se limpió la boca con el dorso de la mano y mirándola a la cara, cosa rara en él, dijo:
—No estoy loco, no. Vine a Buenos Aires, porque allá no alcanzaba para todos.
Es feo ver que lo que uno come, se lo saca a otro de la boca. Y más cuando son mujeres y chicos.
Hace quince años que trabajo de la mañana a la no­che, sin moverme de esta banquilla y no puedo juntar la plata para pagar el viaje de la que iba a ser mi mujer. ¿Sabe... uno empieza a trabajar y la cabeza vuela... uno se acuerda de todo... de las noches frías y de los mediodías de sol, de la olla de coles negros y de los li­mones que se van dorando y si cada clavito no fuera Be­niamino, Nicola, Felisa, Estela, María, la zoppa o Fa­brizio, el calzolaio, no podría estar aquí remendando za­patos porque la guerra, ¡maldita sea!, me obligó a mí co­mo a tantos a rellenar el mundo para repartir la miseria.
Es curioso el mundo, bella mía. Lo ponen a uno den­tro de una jaulita sucia o dentro de una jaula dorada, es lo mismo, y le dicen: Usted es libre. ¿Me comprende? Yo soy libre... Pero yo quiero ser libre abrazado a los niños: Beniamino. .. Estela... Nicola... Están aquí... ¿ve?... me los saco de la boca... uno a uno y me siento más acompañado...
Y siguió martillando.
Filomena salió del cuchitril y les dijo a los que esperaban su vuelta:
—No hay nada que hacer... está listo...

3 Conflicto

Un día apareció en el tragaluz del tallercito de com­postura, un papel que decía:
UN DIA A LA SEMANA, TRABAJO GRATIS. SI USTED ACIERTA QUÉ DIA ES SE LLEVA SIN PAGAR LA COMPOSTURA. ARTIDORO.

Se levantó un gran revuelo en la cuadra, no tanto por el beneficio sino porque la gente de ese barrio sentía una fuerte inclinación por el juego. Y no era fácil adi­vinar, porque Artidoro cambiaba el día todas las se­manas.
Los que se sentían contrariados eran los que tenían el calzado sano o los que no lo tenían y usaban zapatillas.
El primer encontronazo lo tuvo con Antonio, el verdulero:
—Che, Artidoro, ¿qué te agarró?... ¿Lo pusiste vo, ese papel en la ventana? ¿Te alimentás a finucho y por otro lado tirás la plata?
—Algo hay que hacer para ayudar a la gente.
—y so vo que vas a arreglar él mundo, melón...—rugió el verdulero.
—Yo pongo mi parte...
—Vos te crées que un hombre puede hacer algo, él solo, estúpido... Claro, un estúpido paternal.
—Cada uno que haga lo que puede...
—¿Así que yo un día a la semana, lleno el carrito de verdura y despacho gratis?
—Uno sabe dónde le duele...
—Mirá. .. dejame ir porque sino vamo a terminar peleando...
—Yo no te tengo agarrado de la cola...
La primera semana resultaron favorecidas cuatro composturas. Artidoro eligió el día viernes. Colgó un car­telito que decía:
LAS COMPOSTURAS QUE SE RETIRAN HOY, NO SE COBRAN.

Estaba contento. Se sentía aligerado y satisfecho. Era agradable ver la cara de asombro que ponían los clientes.
—¿De veras no cobra?
El señalaba con la cuchilla o el martillo el cartelito de la pared.
—¿Qué mosca le ha picado?
—Hay que abaratar la vida. Ya no se puede vivir. Un par de medias cuesta treinta pesos —decía Artidoro.
Había algunos que llevaban los zapatos a arreglar, porque eran jugadores y si no acertaban, no pasaban a re­tirarlos. De modo que las paredes se cubrieron cada vez más de viejos zapatos arreglados.
Fué por esos días que ocurrió un episodio insignifi­cante, pero que conmovió al zapatero. Bajó una mucha­cha descolorida, flaca. Se había recogido el cabello ru­bio sobre la nuca. Era un cabello hermoso que se ondu­laba en pesadas matas de oro limpio. Mirándola uno sen­tía el disgusto de que un cabello tan fino y atrayente adornase un rostro sin gracia, chato, de ojitos redondos y enrojecidos, de nariz ancha en la base, de agujeros gran­des, de boca gruesa y mentón aplastado.
Desenvolvió el paquete que traía y mostró un par de zapatos en sus manos de uñas descuidadas.
—Esto no vale la pena arreglarlo... están muy gastados... no sirven más que para tirarlos... —dijo Arti­doro mientras los examinaba.
—¡Están tan caros ahora los zapatos! –murmuró ella con una mezcla de súplica, protesta y desesperación.
Artidoro movía la cabeza negativamente.
—Son para ir al trabajo, porque en la fábrica me pongo las zapatillas.
Artidoro miró impensadamente los pies de la mucha­cha y vió que llevaba unos zapatos de lona, de hombre, demasiado grandes para su medida.
Ella insistía débilmente:
—Todavía pueden tirar un poco. Es que una se acos­tumbra tanto a los zapatos, que prefiere los viejos a los nuevos...
Sin replicar, Artidoro, los puso en el suelo, junto a la silla y barbotó:
—Para el jueves a la tarde...
—¿Cuánto me va a salir? —preguntó la rubia conteniendo cierta ansiedad.
Artidoro volvió a tomar los zapatos, los examinó nuevamente, luego con un tono ligeramente irritado, exclamó
—Estos... es mejor tirarlos a la basura... éstos sa­len... media suela clavada... taco... a éste hay que cambiarle el cambrillón... hay que coser el escote... por menos de veintiocho pesos no se pueden arreglar y bien no van a quedar...
Ella quedó un instante alelada, después fue saliendo lentamente. Desde el primer escalón volvió la cabeza:
—¿Para el jueves, sin falta?
—Sí —respondió Artidoro con una voz dura—, pero hay que dejar seña.
Y con el martillo que tenía en la mano señaló los za­patos que colgaban de la pared.
—Hago la compostura y después no vienen a retirarla —murmuró para justificarse.
La muchacha retrocedió sobre sus pasos, mientras abría el pellizco que cabía dentro de su mano cerrada.
—¿Tres pesos está bien?
Artidoro tomó el dinero sin contestar, tanta rabia le daba tener que conmoverse.
La muchacha salió y Artidoro se puso a comer una manzana, pelándola cuidadosamente con su cuchilla de zapatero. Comía un trocito de manzana saboreándolo con­cienzudamente y tomaba un traguito de vino.
Después siguió el trabajo que tenía entre manos. Pe­ro tuvo que dejarlo porque no podía quitarse de la ca­beza los zapatos torcidos de la muchacha.
Y toda esa tarde y hasta las diez de la noche y toda la mañana siguiente y parte de la tarde, se puso con ar­dor a componer aquellos zapatos.
Con la boca llena de clavitos, cantaba:
—...Mariannina... mamma mía... Angiolina...sorella mía... Teresina, sorella cara... Estela, cuore mío...
Y volvía a empezar. Y recordaba los zapatones de cue­ro rústico, duro, que llevaban su madre, sus hermanas, su novia lejana…
El jueves a la tarde apareció la rubia y empezó a desenrollar despacio unos billetes.
Artidoro tomó el par de zapatos resplandecientes, los envolvió en una hoja de papel de diario y se los dio. A la muchacha se le iluminó el rostro. Parecía contenta y más digna de aquella exuberante cabellera de oro.
—¿Veintiocho... me dijo...?
Artidoro se levantó de su sillita desvencijada, contó tres pesos de a uno y se los dio.
Después sacó de debajo de la banquilla el cartelito y lo colgó en la pared.
La rubia perpleja leyó:

LAS COMPOSTURAS QUE SE RETIRAN HOY, NO SE COBRAN.