Enrique González Tuñón: PERIODISTA, ESCRITOR, POETA

 PERIODISTA, ESCRITOR, POETA



Enrique González Tuñón nació en Buenos Aires en 1901 y murió en Cosquín, provincia de Córdoba, en 1943. Fue cuentista, periodista y ocasionalmente novelista. César Tiempo ha dicho de él: “preferirá rodearse de pícaros y hampones, dormir en hoteles espantosos, cuando dispone de un peso para la cama, o si no en los bancos de las plazas; cantar Tosca en las lecherías más inverosímiles, visitar los cambalaches donde se trafica con ropas de cadáveres y, abandonado de toda piedad, soñar, desde el fondo de si zahurda —como los eremitas endemoniados— con la gloria hecha mujer o viceversa.”
Igual que su hermano Raúl, fue un personaje clave de la bohemia literaria de los años de Boedo y Florida, pero resulta difícil identificarlo con uno u otro grupo en forma excluyente. Colaboró en Martín Fierro y en Proa, pero —como apunta Pedro Orgambide— su anarquismo romántico y el matiz proletarizante de sus páginas más características, parece orientarse espiritualmente hacia Boedo.
Fue el primero en llevar la polémica entre los dos grupos al conocimiento público desde las columnas de Crítica.
Posiblemente su obra más lograda sea Camas desde un peso (1932), de clasificación dudosa: novela en forma de cuentos o bien relatos que comparten ambiente y personajes. Allí, en un infame tugurio llamado “El puchero misterioso”, cinco atorrantes porteños comparten una pieza por el módico precio que especifica el título.
Citaremos entre sus obras: Tangos (1926), El alma de las almas inanimadas (1927), La rueda del molino mal pintado (1928), Apología de un hombre santo (1930), Camas desde un peso (1932), El tirano (1932), El cielo está lejos (1933), y La calle de los sueños perdidos (1941). Fue además guionista de cine (Mañana me suicido, 1942; Pasión imposible, 1943), escribió tangos (entre los que se cuenta Pa’l cambalache, escrito junto a Rafael Rossi y grabado en 1929 por Carlos Gardel), piezas teatrales, sainetes y folletines.
Su libro más logrado es seguramente "Camas desde un peso" (1932) que se ubica en el límite intergénero de la novela y el cuento. Allí se relatan los avatares de cinco personajes de dudosa estampa asiduos visitantes de una no menos dudosa fonda llamada “El puchero misterioso”. En general la obra de Enrique González Tuñón ha sido ignorada tanto por la cultura oficial como por las distintas capillas que a su tiempo dominaron la escena de la literatura argentina.
Varios de sus libros son recopilaciones de crónicas. El primero, Tangos (1926), reúne relatos o estampas basados en letras de tangos. El alma de las cosas inanimadas (1927) y La rueda del molino mal pintado (1928) son viñe¬tas publicadas en diarios. Apología del hombre santo (1930) es un homenaje a la memoria de Ricardo Güiraldes. El Tira¬no (1932), subtitulada "novela sudameri¬cana de honestas costumbres y justas liberalidades", es una sátira a la dictadura de Uriburu. Del mismo año es su libro más recordado, Camas desde un peso (1932), novela o serie encadenada de relatos, dostoievskiana y poética, galería de retratos del submundo miserable de Buenos Aires. Sus últimos libros, recopilación de su trabajo perliodístico son Las sombras y la lombriz solitaria (1933), El cielo está lejos (1933) y La calle de los sueños perdidos (1941).
Su propio hermano, el poeta Raúl González Tuñón, uno de los grandes poetas del vanguardismo argentino, ha tenido muchas veces que sufrir las mismas operatorias. En el caso de Enrique su anarquismo romántico, su bohemia iconoclasta, su prematura muerte, hayan quizás, contribuido en este hecho. En agosto del 2008 el cantautor argentino José Luis Pascual ha editado un disco musicalizando "la calle de los sueños perdidos".
"HELMAN se llamaba. Era un suizo y tuvo, como todos los suizos, vocación de relojero. Pero los amigos, según la opinión de sus padres, acabaron por perderlo e hicieron de él un vago sin compostura. Andaba corriendo' la liebre, trampeando aquí y allá, sin domicilio fijo y con hambre de lobo. A cualquier hora que lo invitaran a tomar un café, decía: -Prefiero un "plesiosaurio". Llamaba así a unos bifes que parecían el mapa de España y que servían, por poca plata, en el "Puchero Misterioso". Nunca dejaba de decir al amigo que llegaba: -Che, ¿pagas un "plesiosaurio"? Le quedó el nombre de Plesiosaurio. Cuando dejó de frecuentar nuestra compañía, supusimos que se había marchado a la Patagonia, en busca de un homónimo. Pero no fue así. Lo encontré en el consultorio de un joven médico amigo. -¡Hola! - le dije-. ¿Qué te ocurre, Plesiosaurio? -Aquí me tenes. -¿Estás enfermo? -¡Qué esperanza! ¿No ves que estoy trabajando? -¿Trabajando? ¿Y en qué?... -Habla bajo, por favor... Trabajando de paciente número uno. Soy el cebo, la carnada, el anzuelo, ¿comprendes?... Este es un médico recién recibido. No tiene clientes. Necesita hacerse cartel. Es un trabajito liviano. Entro a las tres. Tengo que toser un poco en la puerta. Y salgo a las cuatro v media. Así me gano la vida.
• Tangos (1926)
• El alma de las cosas inanimadas (1927)
• La rueda del molino mal pintado (1928)
• Apologia de un hombre santo (1930)
• Camas desde un peso (1932)
• El tirano (1932)
* * * * * *
Tiendas de ultramarinos
Del libro En la calle de los sueños perdidos, Buenos Aires, Litterae Sociedad Editorial Americana, 1941
Ese olor de las tiendas de ultramarinos. ¿Recuerda usted? En pleno centro, a veces. O mejor, en la calle Pedro Mendoza, o en Junín y Corrientes. Olor de vodka y salmón en lata; de arreos de pesca y arenque ahumado. Ese olor.
Ese olor a color de mapa.
Ese olor a ruido de motor de remolcador.
Ese olor a Hotel de Inmigrantes.
Ese olor a colonia extranjera. Ese olor.
Ese olor fresco del alambre y la cuerda; ese olor húmedo, espeso, de mostrador y trastienda; de comida dulce; de dulce agrio; de ropa comprada en puertos; ese olor ultramarino. Ese olor.
se olor a comida en las calles Veinticinco de Mayo, Reconquista o Leandro Alem. Olor a agencia de colocaciones, también. Y a calentador a kerosene. A tufo de calentador. A violín sacado del baúl lleno de polvo. A armónica. A afiches de la guerra ítalo-turca o anglo-boers. Ese olor.
Ese olor a tricomía de Trípoli. De familia real española. Ese olor.
Ese olor ultramarino.
Ese olor azul de mapa y ojo de buey.
El personaje de Proust por el aroma de una taza de té, reconstruye todo un tiempo perdido, pasado. Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos. Huele a Centenario, ¿verdad? A 1910. La Infanta Isabel. El Presidente Montt. Roque Sáenz Peña. Las primeras huelgas y manifestaciones. El abigarramiento en el Hotel de Inmigrantes, las terceras, la carta de España, la Exposición, las tiendas de ultramarinos.
Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos. ¿Huele a retrato antiguo, verdad? A postal en colores. La Plaza del Congreso. El monumento de los Españoles. Un niño con sombrerito de paja que cruza la calle. Un fiacre. Un tranvía a caballos. El mayoral.
Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos. Huele a heliotropo, brocamelia y alelí. Huele a Parece que Fue Ayer. A trencito del Parque Japonés. A cuello Mey. A bigotera y cosmético. A 1914. Huele a progroms. A guerra europea.
Los diarios nos recuerdan cada día ese olor, esos olores.
Lituania, Letonia, Estonia, Finlandia, Polonia….Kovno, Vilma, Helsingfors, Riga…
Inmediatamente se desparrama un olor a arenque ahumado, a pepinos en vinagre, a salmón en lata, a pescado en barrica, a esturión, a bacalao, a arreos de pesca, a … un olor ultramarino. (Todo esto puede ser un poco literario, pero ustedes comprenderán).
En seguida, el paisaje. Ahora hay sobresalto en el mar, en las rías y en los ríos; en los prados y en las colinas.
¿Qué será de esos paisajes reproducidos en los atriles de algunos pianos automáticos?
¿Qué será de la rueda del molino mal pintado?
Vemos a una mujer gorda cortando pescado sobre una tabla. (La gorda de la pescadería).
A un grupo de hombres del norte cuchicheando a la puerta del café maloliente. A un vendedor de diarios cuyos títulos no podremos deletrear nunca. A un sacerdote de una religión extranjera –y extraña-. A un retrato de novios, en el fondo de la sala, sobre unos tarros de compota de penetrante olor (ultramarino). A alguien que cruza la calzada llevando a un niño de la mano. A un niño agitando desde la borda de un barco de carga su gorra de pana (ultramarina). Y, finalmente, a una pandilla de chiquillos rubios, rotosos, sucios, que hablan ya el lenguaje de la calle, el lenguaje argentino, mientras la más vieja de las mujeres, la más vieja, mueve melancólicamente la cabeza y habla todavía del barco como el gringuito cautivo de "Martín Fierro".
Y, sobre la mesa, el diario, y en el diario los telegramas fechados en esos lugares (ultramarinos) que, sin duda, no conoceremos nunca. Y entonces, al puchero cotidiano se mezcla un súbito y profundo olor (ultramarino) de arenque ahumado, de salmón en lata, de pepino en vinagre, de pescado en barrica.
Es curioso.
Y triste, bien triste, muy triste. (Ultramarino).

LA CALLE DE LOS SUEÑOS PERDIDOS
"Dios creó al hombre para que fuera feliz"
Tolstoi
Un hombre ha perdido un sueño y no lo puede encontrar.
Muchos seres perdieron un sueño. ¿Cuántos siguen el rastro del sueño perdido?
Un sueño puede perderse de día o de noche, a la hora indecisa de la madrugada, en la calle, en la casa, en un hotel, en una plaza, en un vagón de ferrocarril, en un barco. En cualquier lugar puede perderse un sueño como se pierde una llave.
¿Ha encontrado usted alguna vez una llave en la calle?
¿Ha encontrado un sueño perdido?
(De qué le vale una llave, un sueño, si no es su llave, su sueño?)
El mundo está lleno de sueños perdidos.
El honrado chofer devolvió la valija olvidada en su coche de alquiler. El honrado transeúnte devolvió la cartera repleta de billetes.
Nadie, que yo sepa, ha devuelto un sueño.
Nadie.
Y los sueños se pierden, de la noche a la mañana, como cualquier objeto. Se pierden y se encuentran. (¿Dónde? ¿Dónde?)
Un hombre ha perdido un sueño (Se gratificará a quien lo devuelva). Lo perdió en una ausencia, o en una espera. No sabría decir dónde.
Hay un lugar adonde van a parar los objetos perdidos. Llaves, anillos, medallas, Cristos de plata y de bronce, cadenas, relojes, puñales, recuerdos de familia, todo lo que se pierde y se encuentra. Menos los sueños. No hay una sección de extravíos y hallazgos para los sueños y los destinos. Un lugar, una especie de Rastro celeste, de entrecielo, donde uno pudiera hallar aquello esencial de su vida: lo único que podría darle la felicidad.
Dios creó al hombre para que fuera feliz.
Habría que crear ese lugar. Abrir una nueva calle fuera de la nomenclatura urbana. La calle de los sueños perdidos, de los sueños equivocados, de los sueños fugitivos, remotos, desvanecidos, desencontrados; de los sueños que sobreviven; de los sueños inéditos; de la ausencia y de la espera; del regreso a un día en que el sueño pudo ser nuestro. En que pudimos encontrarnos con nuestro verdadero destino.
El hombre que perdió un sueño podría encontrarlo en la calle de los sueños perdidos.
Volvería a arder el fuego interior bajo la triste capa de ceniza que lo cubría. Todo se manifestaría libremente. Se romperían, al conjuro del sueño aprehendido, las ataduras, los prejuicios, los impedimentos, lo que se oponía a su felicidad.
Y como Dios creó al hombre para que fuera feliz, todo le sería permitido para serlo. Hasta el egoísmo.
Todos los sueños existen. Existe el sueño de cada destino. El sueño que haría feliz al desdichado y que rompería la obstinación en el mortal fastidio del pesimista.
Hay que crear la calle de los sueños perdidos.
Muchos han perdido un sueño y se han acomodado a otro. Números equivocados del destino, se resignan con su suerte. Permutan un sueño por otro. El verdadero sueño, nuestro íntimo sueño, vital, existencial, ¿dónde está? Se fue, quizás, por una puerta falsa. Llegó a buscarnos cuando recién salíamos; se desvaneció en la bruma; cayó en una trampa o en una alcantarilla. Quien sabe dónde.
De este desencuentro del hombre y su sueño nació la irremediable congoja.
Lo que pudo haber sucedido y no sucedió.
¿Qué hay detrás del portal donde la madre anónima dejó abandonado a su hijo?
El postulante nunca pudo entregar su carta al ministro. El anciano mendigo no pudo hablar jamás con el director del asilo.
En esa estación no se detuvo el tren. Y allí estaba el sueño aguardando.
En ese puerto no se detuvo el barco. Y allí estaba el sueño aguardando.
El cómico trashumante perdió su mejor contrata.
El saltimbanqui...
El aventurero...
El presidiario...
El criminal...
El suicida...
El poeta...
Tal día, tal hora, ¿dónde estábamos?
La suerte nos llamó por nuestro nombre. No la escuchamos.
La suerte no llama dos veces.
Después, nos equivocamos de puerta. Llamamos y nos dieron con la puerta en la cara, como suele hacerse con los mendigos.
Quizás no debíamos haber perdido el tiempo buscando un sueño. Quizás el sueño viniera solo a nuestro encuentro.
Tarde ya gritamos nuestra desesperación inútil. Agitamos los brazos como el náufrago en la soledad del mar. Nadie acudió a nuestro llamado. Nuestra angustia fracasó en el silencio.
Hay que crear la calle de los sueños perdidos. El Rastro celeste. El entrecielo.
Allí encontraríamos nuestro sueño. Allí estarían, en exposición, los sueños fugitivos, los sueños intactos, los sueños usados, los sueños abandonados, frustrados, despreciados, olvidados.
Allí resucitaría el sueño. Palpitaría como una criatura recién nacida.
Todos los sueños existen. Existen los sueños que se realizan y los que se pierden y aún los sueños inconcretos.
La felicidad existe.
Un hombre ha perdido un sueño y no lo puede encontrar.
El rastro del sueño perdido lo lleva a una puerta cerrada. ¿Qué puerta es ésa?
Detrás de esa puerta quizás nos aguarde el sueño. Quizás nos hallemos nosotros mismos, de rodillas, o ese hermano menor que siempre nos acompaña.
Que no tiemble nuestra mano al llamar a esa puerta. Que no tiemble.


RAÚL GONZÁLEZ TUÑON SOBRE ENRIQUE...
"Tenía la llave de la calle. ¡Salúdenlo!"
"Cuando yo muera no planten un sauce en mi tumba, planten una máquina de escribir." La frase pertenece a Enrique González Tuñón, el más porteño de los cronistas de Buenos Aires, según la definición de quien más lo conoció y amó: su hermano Raúl. Precisamente a Raúl González Tuñón pertenece la síntesis de esta semblanza que él tituló Mi hermano Enrique, en la que se traza el perfil y la trayectoria de quien fue, como periodista, escritor y poeta, uno de los pilares de la cultura popular. Camas desde un peso, El alma de las cosas inanimadas y La calle de los sueños perdidos figuran entre sus obras.
Allá por la verde lejanía de los años, cuando se inicia mi aventura escolar primaria, comienza a funcionar con más claridad mi capacidad de recuerdo. Entonces la plaza Once -nacimos en el barrio de ese nombre, al sur - era un verdadero parque, boscoso, denso. Veo a mi hermano Enrique caminando entre los altos y anchos árboles o sentado en un banco, leyendo. Él tenía 10 años, me llevaba cuatro. Yo lo seguía y admiraba. Una vez, evocando aquella época, me confesó, desolado, que entonces yo lo fastidiaba. Puede ser, pero ya cuando ingrese tras él al diario Crítica -una etapa apasionante, un fenómeno periodístico extraordinario, algo decididamente no superado - parecíamos una sola persona, coincidíamos en todo. En adelante me estimuló, me ayudó, aun desde lejos y hasta su último aliento.
En 1922 comenzó Enrique su carrera periodística en un semanario llamado El Noticiero. En 1923 colaboró, y yo también, en la revista literaria Inicial, y en la popular Caras y Caretas, Al siguiente año adherimos al movimiento Martinfierrista, o de Florida, colaborando en el hoy legendario periódico Martín Fierro, en la revista Proa, de Ricardo Güiraldes. Aquí publicó Enrique sus notables imágenes de Brújula de Bolsillo, y en el periódico sus epitafios fueron los más mordaces durante la guerrilla literaria.
Enrique hizo muchas veces galas de sutil ironía, de ingenio agudo y en ciertos casos urticantes. Este hombre tan fino, tan flaco, tan bondadoso era implacable cuando se trataba de fustigar a un canalla o a un pacato hipócrita. Alternaba una efusiva cordialidad y su comunicante ternura con una gracia zumbona en las sobremesas, por momentos con rasgos de humor negro. Durante una de mis visitas a Cosquín, donde estaba haciendo reposo, me presentó a su buen amigo Marimón (Domingo), luego popular corredor de automóviles, el cual era entonces dueño de una empresa de pompas fúnebres. Marimón me abrazó efusivamente, mientras mi hermano se burlaba: "No te engañés, Raúl, Te está tomando las medidas...".
A principios de 1925, liquidado El Noticiero, pasó a Crítica. En gran parte, gracias a él, se enriqueció el contenido de ese diario precursor. Eran los días del esplendor de la metáfora Martinfierrista y al escribir nos apartábamos de sobados moldes tradicionales. Como lo señaló César Tiempo, con la entrada de Enrique González Tuñón a Crítica la noticia conquistó la cuarta dimensión, el arrabal tomó posesión del centro; la prosa municipal y espesa de los gacetilleros se hizo luminosa y abigarrada; la metáfora tomó carta de ciudadanía en el mundo de la información, se empezó a escribir como Enrique, a jerarquizar lo popular, el tango, cuyo primer exegeta culto fue Enrique.
Fueron asimismo muy difundidas las incontables glosas a las letras de los tangos que iban saliendo, las unas dramáticas, las otras rozando la sátira, lo jocoso. Algunas de éstas, suerte de cuento-comentario, digámoslo así, fueron reunidas en libro. Manuel Gleizer los publicó con el título Tangos(1926).
En 1931 pasó a Noticias Gráficas, empezando a colaborar en el suplemento literario de La Nación, que entonces consagraba. Años después interesaron vivamente sus colaboraciones periódicas en El Mundo, En este diario, el primer tabloide -fue Natalio Botana quien lo ideó a pedido de Muzzio Sáenz Peña pues inicialmente esa publicación, al estilo pesado de La Prensa, había fracasado aparecieron sus últimos trabajos literarios, admirables poemas en prosa, donde brillaba el juego de la ironía y de la ternura; algunos integraron luego su postrer libro La calle de los sueños perdidos.
Más que un fin, el periodismo fue para él un medio, pero lo ejerció fervorosamente. Fue el cronista magistral de la ciudad. Él y yo conocíamos y amábamos todos sus barrios, aun antes del ingreso a Crítica, incluido Boedo, donde teníamos buenos amigos; de ahí que algunos cronicones nos ubiquen en el grupo del mismo nombre. Por sus calles anduvimos muchas veces con Nicolás Olivar¡, Roberto Arlt, Santiago Ganduglia, Carlos de la Púa, el actor Pedro Zanetta, el comediógrafo González Castillo, padre de Cátulo, y entusiasta animador del Ateneo Popular de Boedo.
Mi hermano leía ávida y desordenadamente, como yo, desde la niñez. Citaba a menudo a Quevedo, el de El buscón, a Dickens, Chéjov, Bret Harte, Gorki, el Payró de El casamiento de Laucha, y a Ángel Ganivet, Lord Dunsany, Charles Louis Philippe, Rafael Barret, Katherine Mansfield, Zola... Como cuentista, abordando con maestría el más difícil de los géneros literarios, nos legó libros definitivos, El alma de las cosas inanimadas, La rueda del molino mal pintado, El cielo está lejos.
Manejó el idioma madre plena y hermosamente cuando fue necesario, mas detestaba a los cursis que pretenden abolir el uso del che y el vos, hasta en el íntimo dialecto de lo familiar. Con igual señorío utilizó las derivaciones populares porteñas en la lengua. Y en parte de Camas desde un peso y de varios cuentos encontramos el cabal enlace de ambas maneras.
Fue el primero en incorporar vocablos y dichos de la jerga pop lunfarda de los años 20 y no sólo en las glosas de tangos. Camas desde un peso es la novela porteña por antonomasia. Su segunda novela, El tirano, igualmente original pero de técnica opuesta, también realizada al margen de la fórmula estricta tradicional. -planteo, desarrollo, solución - es una muestra de agudo realismo crítico. Un libro curioso es asimismo Las sombras y la lombriz solitaria, serie de impactos periodísticos-literarios con predominio del expresionismo crítico. Y ahí está ese otro hallazgo suyo Apologia del hombre santo, extenso y palpitante poema en prosa, emocionado panegírico de nuestro muy querido Ricardo Güiraldes.
Tengo presente nuestro último encuentro en Mendoza, a comienzos de 1943. Enrique venía de Cosquín y yo de Santiago de Chile, donde residía desde el año 40. Enrique estaba esperándome en el aeródromo y al descender yo del avión no perdió la oportunidad de decir algo que rompiera la tierna solemnidad del instante del abrazo: "Estamos como Roosevelt y Stalin...". Lo hallé febril, agotado. Varías veces había vencido su mal-, viajaba a la paz de su luminosa casa de Cosquín, al aire puro. Me pareció que estaba como apurando a la muerte. Le rogué que se cuidara, que no hiciera tonterías. No lo vi más. Recuerdo su mano espléndida dibujando un ademán náufrago en el vacío, y caer sobre el pecho como un pájaro herido.
Sí, sí, Enrique, en este largo viaje hacia la verdad que es la vida estamos rodeados de zonas desconocidas, de lo que generalmente llamamos misterio por comodidad o ignorancia, y debe ser algo muy real Aún no plantamos la máquina de escribir en tu tumba pero estoy seguro de que un día, en el muro de la casa del barrio donde nacimos, mejor dicho, en la pared de un feo edificio sin historia que ahora se alza allí, sin el patio, sin el níspero, podrán leerse estas palabras grabadas en el bronce: En este sitio estaba situada la casa de la infancia de Enrique González Tuñón, el más porteño de los cronistas de Buenos Aires. Partió a una zona desconocida el 9 de mayo de 1943. No era un general, no era un primer ministro, pero era un artista, era un poeta, tenía la llave de la calle. ¡Salúdenlo!

"Un bife a caballo"
“Un bife a caballo”, pertenece a La rueda del molino mal pintado. Buenos Aires, Manuel Gleizer Editor,
1
Abandonó el Nelson Bar pasada la media noche y se encaminó al hospedaje. A pesar del premeditado exceso de alcohol, su mente conservaba extraordinaria lucidez.
Había anclado en el café, abatido de preocupaciones tristes, con el propósito de embriagarse y sólo había conseguido serenar un poco su malbaratado sistema nervioso.
Se deslizaba con paso seguro por las calles atechadas y sombrías del Paseo de Julio, desviando su obsesión en los transeúntes que derrochaban equilibrio o discutían estrepitosamente junto a los pilares de la derruida recova.
Desde hacía dos noches dormía en un hotelucho del Retiro. Procuraba llegar tarde, con los ojos con sueño y el cuerpo cansado, porque le aterraba el insomnio en aquella habitación estrecha, envuelta en un vaho cosmopolita, en cuyas paredes un silencio desolado dibujaba despavoridas figuras.
Al penetrar en la fonda, sentía el malestar de la cercanía de esos cinco hombres desconocidos que se renovaban todas las noches y que eran sus obligados compañeros de pieza.
Se sumergió en la luz anémica del zaguán. Era un hombre joven, vestía un traje gris –el saco arrugado y los pantalones con rodilleras— y zapatos negros. Avanzó por el estrecho pasillo y se detuvo en el vestíbulo, junto a un precario mueble donde cabeceaba el sereno.
—Buenas noches.
El sereno le dirigió una mirada soñolienta.
Se conocían. El hombre pagó el importe de la cama y preguntó:
—¿Es la misma habitación?...
—La misma. Número nueve —respondiole el empleado.
—Bueno. Hasta mañana.
—Hasta mañana.
El eco de sus pasos resonó en el cerebro aturdido del sereno. A los pocos segundos se le oyó volver. El sereno abrió de nuevo los ojos e inquirió:
—¿Qué le pasa, amigo?...
—Quería avisarle que mañana no me despierte a la hora de siempre. Déjeme dormir, nomás, porque no tengo nada que hacer.
—Está bien.
El hombre recorrió con la mirada el ángulo donde se hallaba parapetado el sereno y, reparando en una hilera de fotografías, preguntó:
—Y esos… ¿son amigos del patrón?...
—¡No sea ingenuo!... ¡Esos son ladrones de hotel!...
—¡Ah!...
Otra vez el hombre se perdió en el largo corredor del fondín.
2
Dio una vuelta a la llave de la luz y dejó escapar una malhumorada interjección. El dueño del hotel, para evitar el mínimo gasto de corriente, cerraba el medidor al retirarse.
Encendió un fósforo y se adelantó tanteando en las sombras. Cada una de las cinco camas de la habitación, tenía ya un inquilino. El hombre tropezó con una silla. Y el ruido provocó un breve ruido de protesta.
—Disculpe… Fue sin querer…
Nadie le respondió.
El fósforo le quemó los dedos y el hombre lo dejó caer con un gesto enojado. Verdaderamente, todas las pequeñas cosas le salían mal.
Se quitó el saco y lo colocó a los pies de la cama. Luego el pantalón y los zapatos.
Debajo de la almohada, con justificada precaución, guardó su cartera y su revólver.
Ya una vez le habían robado un reloj y un par de medias. Unas medias veteranas y desteñidas. Le dejaron otras en su lugar. Dos medias agujereadas, deplorables, que no pudo usar.
Se introdujo entre las sábanas frías y permaneció largo rato encogido, con la cabeza apoyada en la palma de la mano, meditando en la inutilidad de su existencia, con la esperanza de conciliar el sueño.
3
Un leve ruido lo despertó. Estaba semidormido. Alguien que se arrastraba en la oscuridad chocó contra el respaldo de su cama. Abrió los ojos y alcanzó a distinguir el bulto sigiloso. Tosió para espantarlo y vio que el bulto se alejaba hacia el lecho vecino.
Pensó: “Será un ladrón”… Y bajó los párpados. El tiempo terco, atormentador, inaguantable, lo acariciaba con su mano húmeda, resbalaba sobre su cuerpo. Sentíase lastimado de sueño.
Su cerebro se entretuvo en desmenuzar esta frase: “Será un ladrón”. “Quería robarme… Acaso sea el mismo que se llevó mis medias y mi reloj… ¿Cómo habrá llegado a esto?... Quizá yo mismo sea mañana un ladrón…”
Un estremecimiento helado lo hizo agitarse entre las ropas. Diose vuelta en la cama. No podía dormir. Y lo trágico era que sus ojos leían en la oscuridad una espantosa pesadilla.
“…Ese hombre es lo que seré yo mañana… He esperado treinta y tres años de honestidad para revelarme un ladrón en este hotel miserable… Esta noche he descubierto mi destino. Ya soy un ladrón… ¿Qué espero para arrojarme de la cama y deslizarme como un gato por el tejado?...”
Se incorporó. El ruido del elástico provocó un movimiento molesto en el inquilino de al lado. Temeroso, el hombre permaneció quieto en el lecho.
“…Esta noche, o mañana o pasado a más tardar, robaré… Es fatal. Y si he de ser un ladrón mañana… ¿por qué no robar esta misma noche?...”
En el muro de sombras se iluminó la colección de retratos de delincuentes que había visto en el hall.
-Esos son ladrones de hotel… —volvió a decirle la voz del sereno.
Y junto a tantas fotografías, vio surgir su rostro consumido y apenado.
4
Otra vez intentó arrojarse del lecho y los muelles del colchón se quejaron.
Estaba de Dios que no podría iniciarse esa noche en el duro oficio de ladrón.
“Acaso no serviré siquiera para robar…”
Las sombras de la habitación se posesionaron de su cerebro. Ya no pensaba más en cosas raras. Extendió la mano debajo de la almohada y acarició el revólver.
“…Esta oportunidad de evasión no se me presentará mañana. Un hombre acosado no se suicida de día. A lo sumo, empeña el revólver… ¿Por qué le advertí al sereno que no me despertara?...”
Atrapó el arma e inconscientemente se aplicó el caño en la sien.
Apretó el percutor. La denotación sobresaltó a los desdichados inquilinos que dormían en el sórdido hotel del Retiro.
5
—Vea, agente, un hombre que se suicida en casa ajena, en una casa que es descanso de hombres sin hogar, es un mal educado… ¿Por qué no se mató en la mitad de la calle?... Yo le hubiera pagado de buena gana para evitarme este cuadro… Créamelo.
—Usted se queja, patrón… ¿Yo?... ¿Qué podré decir yo?… Me costó un trabajo bárbaro conseguir el peso de la cama y apenas cierro los ojos cuando me obligan a abrirlos… Ahora ya no podré dormir y a lo mejor, mañana, tendré que conformarme con un banco de plaza…
—¿Por qué se habrá suicidado?...
—¡Vaya uno a saber!... ¡La miseria… la soledad!... ¿Quién le dice que no sea un pájaro de cuenta?...
—Eso lo sabremos después, cuando informe la oficina dactiloscópica.
—¿Usted se va a quedar, agente?
—Sí, tengo que hacerle compañía al cadáver hasta que aparezca el juez.
—Bueno, ¿quiere tomar alguna cosa?...
—No, gracias… O, si no, vea amigo, hágame preparar un bife a caballo. ¿Sabe que estoy sintiendo ganas de comer?...
Le sirvieron el bife a caballo en la mesita de noche, junto a la cama del muerto. Comía con apetito, sin reparar en el hilo de sangre que trazaba un barbijo en el rostro del suicida.

Camas desde un peso (Enrique González Tuñón)

Me río de la bondad del mundo y de la justicia de los hombres. Ahí tiene a la Nucha. Hace algunos años le permitían que vendiera drogas a todos los viciosos de Buenos Aires. Ahora la persiguen, la encarcelan y le niegan las dosis de morfina que necesita para seguir muriendo lentamente. Antes era amante del comisario, del subcomisario, del inspector y del auxiliar. Ahora la pobre es un desecho.
Eran las tres de la mañana. La lluvia descendía melancólicamente sobre la ciudad. Caminábamos juntos, con las ropas mojadas, los zapatos encharcados, la cara y las manos húmedas, cada uno con su pensamiento abriendo a la honda pena humana el refugio cálido del alma.
Me pregunté desesperado:
-¿Por qué habrá muerto mi madre?
Recordé su voz en la negra soledad.
-Hijo, hijo, hijo mío... Yo te protegeré siempre. Jamás te faltará el calor del hogar.
El mundo es un desierto. Soy un hombrecillo anónimo, un dolor anónimo en la inconmesurable superficie de la tierra. Quisiera llamar a mi madre para que me diera su caricia y levanto al cielo la mirada. ¿En cuál estrella se habrá asomado para proteger mis pasos?
Indalecio me toma del brazo y me dice:
-Tristeza, tristeza, tristeza, amigo móo.
No tengo un cobre. No tengo a quién pedir un cobre. He agotado todos los recursos. Desde hace ocho días me alimento con café con leche recalentada.
He digerido ya mi honestidad. Pienso que después de todo soy un hombre liberado; un hombre que arrojó por la ventanilla de su desván de miseria el lastre inútil de la honestidad.
Al fin de cuentas, ¿qué es un hombre honesto? Un fabricante que explota a cientos de obreros, paga impuestos cuando no puede eludirlos con una coima, cumple con las reglamentaciones legales, engorda, cohabita con libreta de registro civil, educa a sus hijos en la misma escuela, come con voluptuosidad animal, acupa su butaca en el teatro, se deleita con la música empalagosa, eructa y se duerme pacíficamente, es un hombre honesto.
El empleado que acepta su situación de síbito, escala puestos, es el perfecto alcahuete del amo, vende a sus compañeros por mucho menos de treinta dineros, obedece al horario, goza su licencia, fabrica hijos y se pavonea con la mujer preñada, es un hombre honesto y, además, un hombre que mira por su porvenir.
El funcionario que usufructúa una posición holgada conquistada horizontalmente horizontalmente por su cónyugue; el canalla político que alienta encomiísticas aspiraciones de inmortalidad, son señores honestos.
Estoy harto de la honestidad. Harto de las personas honestas. Asqueado de la mediocridad con dos patas. El abdomen burgués me produce asco.
Me indigna la injuria de esa bestia que se nutre junto a la vidriera del restaurant abofeteando a la miseria que pasa. La imparcialidad me revienta e igual me acontece con la vida normal. ¿Qué es la vida normal? Vivir sin una aspiración, vegetar pasivamente. No tener jamás un sueño luminoso ni alumbrar la oscura existencia con un rayo de locura.
¿Para qué quiero cien años de vida normal? La rabia se transforma en lástima y compadezco a esas pobres criaturas normales que quedan bien con todo el mundo. Con la ley y con Dios. Para obtener su asiento en el Paraíso les basta con la señal de la cruz, bajo las abrigadas cobijas, en compadecer a los desdichados que se mueren de frío en los umbrales inhóspitos.
No tengo un cobre. No tengo honestidad. La he regalado al mundo. Venga en buena hora la locura, la ardiente locura de un sueño que será mi eternidad. Comprendo al individuo estrafalario que vivaba a los faroles encaramado en un poste telegráfico, pues de cada farol un día no lejano será necesario colgar un canalla.
He llegado al hotel. En la puerta recórtanse las figuras de los facinerosos. Al acercarme me observan con minuciosidad de policías y en el instante de transponer el umbral uno de ellos musita:
-Parece un chorro.
Voy subiendo la escalera del hotel y el edificio me pesa sobre el alma. Por primera vez cuento peldaños. Son sesenta y cada uno se empina en mi orfandad. En el "hall" descubro a un amigo de otros tiempos y siento que me mortificaría si supiera que todas las noches duermo allí, porque me humillaría con sonreír compasivo. Y en el momento en que me decido a explicarle que he perdido el tren -un tren cualquiera que pudiera llevarme a un hogar- el hombre del hall descubre mi intención y no me da tiempo a mentir. Con sorna, seguro de que me está haciendo daño, deja caer estas palabras:
-Amigo, hoy no hay cama para usted. Ni de un peso, ni de un peso cincuenta. ■
Fin