Reportaje a Hugo Verani: ESCRIBIR, PARA ONETTI, ERA UN DESEO IRREFRENABLE:

Todavía me late el cuore...
Un esotérico criterio me llevó a las fauces literarias de Juan Carlos Onetti. Y a los grandes del "boom" los leí sin entregarme... Tal vez por mi prosapia urbana, hombre de las calles empedradas, el tranvía y el colectivo, el café y el bodegón, esa atmósfera de barrio y tango, milonga y timba, esa melancolía que es examen de ingreso para recibirse de Rioplatense auténtico. Al leer este reportaje al crítico uruguayo que nos rescata a Onetti a través de las cartas de uno de los dos mitos de las orillas del río amarronado, el más ancho del universo y con puertos de antología, Buenos Aires y Montevideo, sentí un espolón en el alma.
Last bat not least, tal vez halle un alma noble que me consiga un ejemplar y me lo mande a Maalot Caballito, previo pago contante y sonante...
Andrés Aldao

El crítico uruguayo Hugo Verani analiza la correspondencia del autor de El pozo con el profesor y pintor Julio Payró, rescatada y publicada en el libro Cartas de un joven escritor. Son sesenta y siete textos desconocidos e inéditos, escritos a lo largo de veinte años.


Por Silvina Friera



Onetti manifiesta en estos textos su amor por la pintura.


Siempre se vuelve al primer amor. Lo admite el profesor y crítico uruguayo Hugo Verani, con una copa de vino blanco recién servida, en un bar de Palermo. “Puedes poner que soy onettiano, aunque él tomaba vino tinto. Y cuanto más ordinario, mejor; terraja, como decimos en Uruguay”, bromea este señor de cuerpo contundente, sonrisa amistosa que abraza a sus interlocutores y tono campechano rioplatense, responsable de un hallazgo que invita a frotarse las manos con los ojos bien abiertos: las cartas enviadas por Juan Carlos Onetti a Julio E. Payró, historiador y crítico, pintor y profesor universitario, autor de una cuarentena de libros y uno de los fundadores del Fondo Nacional de las Artes de Argentina. Son sesenta y siete textos desconocidos e inéditos, escritos a lo largo de veinte años (1937-1957) y conservados en dos instituciones norteamericanas: en la Research Library del Getty Research Institute (Los Angeles, California), y en la Hesburgh Library de la Universidad de Notre Dame (South Bend, Indiana). Este epistolario, apasionante y revelador, además de ser una crónica de una amistad entrañable, astilla el mito de la proverbial parquedad de Onetti, al menos en su etapa de autor inédito, y muestra a un hombre apasionado por la pintura moderna, especialmente por Paul Gauguin, y con unas rabiosas ganas de escribir y de publicar, obligado a concursar en certámenes literarios que le permitieran conjurar la aplastante pobreza de los primeros tiempos. Cartas de un joven escritor, la correspondencia con Payró, que acaban de publicar conjuntamente Beatriz Viterbo en la Argentina, Ediciones Trilce (Uruguay) y Lom Ediciones (Chile), con edición crítica, estudio preliminar y notas de Verani, es la frutilla del postre en el centenario del autor de La vida breve.


Una beca torció el destino de Verani, nacido en Montevideo en 1941. Se fue a los Estados Unidos, donde reside desde 1964. “Hice mi maestría y doctorado, tengo dos hijos que viven en California y tres nietitas”, sintetiza rápidamente para llegar al corazón del asunto que lo trajo a Buenos Aires por unas apretadas 48 horas en las que visitó a Dorotea (“Dolly”) Muhr, la viuda de Onetti, que vive en Olivos, y que están a punto de consumirse junto a Página/12. “A fines de los ‘’60 no se leía mucho a Onetti, pero tuve un profesor chileno, Cedomil Goic, que me dijo que debería escribir sobre Onetti. Me recomendó que leyera La vida breve, su gran novela. Tenía razón: es una novela extraordinaria”, recuerda el crítico uruguayo el encuentro con su primer amor. De esa relación nació Onetti: el ritual de la impostura, publicado originalmente en 1981, que acaba de ser reeditado por sus pagos, pero reescrito de punta a punta, y que desea que se publique en Buenos Aires. “El lenguaje envejece muy rápidamente, sobre todo el lenguaje crítico –justifica la reescritura de ese libro–. Volví a Onetti gracias a las cartas porque me había ido por otros lados. México está muy cerca, soy un apasionado de la cultura y la literatura mexicana, pero regresé a Onetti después de muchos años de no haberlo leído”, confiesa Verani, especialista en las vanguardias literarias de Hispanoamérica y en la poesía de Octavio Paz, profesor emérito de la Universidad de California y profesor investigador de la Universidad de Notre Dame.
No sabe exactamente cómo llegó la correspondencia de Onetti a Estados Unidos; probablemente la vendió la última viuda de Payró o sus hijos. “Las cartas estuvieron seis años en mi universidad. Yo tenía poco interés en ese momento por Onetti, me había apartado mucho. Pero un día decidí leer las cartas y me atraparon; descubrí a un nuevo Onetti y me propuse hacer este libro inmediatamente antes de que lo hiciera otro”, explica. “Es sorprendente el hecho de que Payró mismo tuviera la visión de guardar cartas de un Onetti antes de Onetti, porque cuando empiezan a escribirse ya se creía un gran escritor, aunque no había escrito nada.” Como plantea en el estudio preliminar del libro, esta correspondencia deja la sensación de una amistad fundada no sólo en un afecto fraternal sino en una admiración y un respeto mutuos. El intercambio epistolar comenzó hacia 1937, cuando el escritor uruguayo tenía 28 años y vivía en Montevideo, aunque las primeras cartas se han extraviado. Lamentablemente, el autor de El pozo no guardó las respuestas de Payró. Se sabe que solía destruir sus propios manuscritos hasta que “Dolly”, su cuarta y definitiva esposa, comenzó a guardarlos, en la década del ‘50.


–Como documento biográfico, estas cartas sorprenden por las referencias que hace Onetti a los concursos literarios. ¿Hay que revisar el mito de que era un hombre huraño, reticente y desinteresado del mundo literario?
–Sí, todo el mundo creía esto, pero con estas cartas se produce un cambio radical. Hay que tener en cuenta que Onetti era un hombre muy pobre, que se moría de hambre en la época en que había estado en Buenos Aires. No está en las cartas, pero en varias entrevistas contó que él y la mujer iban a comer a casa de amigos y se robaban cada uno un pan para poder tener garantizado el desayuno al día siguiente. El ve en los concursos literarios la posibilidad de ganar un dinero. Estas cartas rompen con la imagen del escritor que no le importa nada.


–También aparece la típica imagen de Onetti, tirado en la cama leyendo a Proust.
–Se pasaba la vida leyendo, su pasión era la literatura, incluso lo dice muchas veces. Prácticamente en todas las cartas afirma: “Yo escribo, nada más”. Cuando lo abandona su segunda esposa, a quien dice querer mucho, lo más increíble es que no hace nada. La ama pero es incapaz de buscarla y lo único que hace es escribir. Hay una frase que es maravillosa: “Yo soy un tipo sin relación con el mundo”. Ahora a las tres semanas está enamorado de nuevo (risas).
En la carta 52, en la que cuenta la separación definitiva de María Julia, su segunda esposa, redacta el conmovedor autorretrato de un hombre obsesivamente encerrado en sí mismo. “El cerebro no me da para entender de verdad lo que estoy viviendo, las gentes ni las cosas ni un corno. Todo me resulta como entre sueños y no hay forma de despertar. Toda mi comunicación con el mundo la establecía a través de ella y perdida ella no hay caso, no hay ersatz. Esto me tiene mal; en consecuencia, tengo que escribir y escribir y escribir”. En varias cartas se refiere a la pasión y el vicio de la escritura. “Por una cualidad peculiar de su temperamento, vivir y escribir equivalían a lo mismo –anota Verani–. Parecía impulsado por un deseo irrefrenable que se le imponía de manera instintiva, sin dejarle otra opción que escribir casi obsesivamente, por una necesidad vital, a la cual se entregaba ‘con total abandono’.”
“Hay algo que se descubre ahora y que no sabíamos”, subraya Verani. “Onetti era un autodidacta, no terminó el primer año del liceo, pero tuvo una amistad con una de las personas más cultas del momento, Payró. Hoy en día Onetti es mucho más importante que Payró, pero en ese momento, Payró, que era diez años mayor, fue su maestro. Nunca supimos cuáles fueron los maestros de Onetti, pero ahora lo sabemos: Payró y (Joaquín) Torres-García.” El hallazgo más significativo es la relación de Onetti con la pintura moderna. Sus observaciones epistolares revelan la importancia formativa que tuvo para él la pintura francesa de fines del siglo XIX. El lector inquieto que cree conocer bastante sobre el escritor uruguayo se queda tieso cuando lee una afirmación iluminadora que apuntó en la tercera carta: “Siempre he sacado poca o ninguna utilidad de mis lecturas sobre técnicas y problemas literarios; casi todo lo que he aprendido de la divina habilidad de combinar frases y palabras ha sido en críticas de pintura. Y un poco en las de música. El porqué de esto no lo veo muy claro”.
Como un reloj de arena, la copa de vino blanco comienza a bajar por acción de la gravedad que ejerce Verani. Un cuadro que el escritor uruguayo vio en la casa de Payró le partió literalmente la cabeza: Mujer con fruto, de Gauguin. “Aventaja a las obras maestras de Cézanne porque, dentro de un orden severo, hay allí toda la poesía que hasta la fecha es posible poner en un cuadro”, asegura Onetti en la carta tres. “Es increíble que Gauguin sea su pintor favorito por el colorido, por los paisajes tropicales. Onetti es Buenos Aires, el Bajo, la zona del Abasto, la madrugada y las putas –contrasta el crítico uruguayo–. Lo que plantea en las primeras cartas es que aprendió más de la pintura que de la literatura. Pero es como su literatura, no explica las cosas. ¿Qué le pudo haber interesado de Gauguin, de Paul Cézanne, de El aduanero, de Henri Rousseau, los tres pintores que menciona?”, se pregunta Verani. Para responder elige una anécdota. “Onetti vio una exposición de Picasso en 1975, en Montevideo, y fue a la casa de Torres-García, el gran pintor del que se hizo muy amigo –los presentó Payró–, y le contó entusiasmado sobre la exposición. Parece que Torres-García dijo: ‘¡Qué cosa este Onetti, no sabe nada de pintura y nunca se equivoca!’.”
La carcajada de Verani rebota por las paredes del bar; un par de ojos desesperados por saber de qué se trata se dirigen al hombre que quiebra la monotonía de la tarde. “La relación de Onetti con la pintura merece un libro aparte –propone–, pero tendría que ser escrito por alguien que sepa mucho más que yo de pintura, más joven y preparado y que se meta de cabeza en esa relación. Alguien que vaya de la literatura a la pintura, porque estoy convencido de que hay descripciones de cuadros en muchas de sus novelas. Se necesita a alguien con mucho conocimiento del arte, de la pintura moderna.”


–¿De qué modo impactó en su relectura de Onetti el hallazgo de la importancia de la pintura?
–Después de no haberlo leído en los últimos veinte o treinta años, me di cuenta de que realmente su obra es inagotable. A Octavio Paz le gustaba decir que los escritores al morir entran en una suerte de Purgatorio o de limbo por unos diez años. Algunos salen, otros no. Onetti, después de su muerte, durante unos diez años, no se vendió, aunque nunca vendió mucho. Ahora hay un furor en todo el mundo. No podemos predecir el futuro, pero creo que Onetti resistirá la prueba del tiempo. Hay muchos otros caminos para seguir explorando su obra. Hay que relacionar la pintura con la creación: Santa María misma es un cuadro que fue pintando poco a poco, que lo fue poblando de gente y de lugares.


–En una de las cartas, el escritor uruguayo admite que le está madurando “una cínica indiferencia nacida tiempo atrás”. ¿Esta indiferencia es también política?
–Hay una indiferencia política muy fuerte desde el comienzo. El escribe y no quiere que lo jodan, que lo molesten. Cuando escribe su tercera novela, Para esta noche, publicada aquí en 1943, en el prólogo pide disculpas por su indiferencia, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando otros se están peleando y están muriendo para “salvar al mundo”. Pero él se siente incapaz, por su actitud pasiva ante la vida.


–Para la generación del llamado boom, tan politizada, Onetti era un bicho raro o prácticamente no se lo tenía en cuenta. Ahora, a diferencia de muchos autores del boom, se lee más al escritor uruguayo. ¿Cómo interpreta esta inversión? ¿Sería el triunfo de esa “cínica indiferencia”?
–No sé, es muy difícil... (piensa). Mirá Borges, que también estaría en esa línea de la “cínica indiferencia”. Había grandes escritores, como Juan Rulfo, con un mundo social y mexicano muy fuerte, que también era desconocido. O el mismo Alejo Carpentier. Los escritores del boom fueron los que despertaron el interés en la literatura de Onetti. Cortázar dijo una vez, sobre Felisberto Hernández, un gran escritor uruguayo también desconocido: “Qué cosa, los uruguayos esconden sus mejores valores” (risas). No es que los escondiéramos: no había editoriales, éramos muy pobres, no había lectores y teníamos un público culto pero menor.


–¿Considera que algunas cartas, como la 21, en la que se burla de cómo hay que escribir, son pequeños manifiestos artísticos de Onetti?
–Sí. Con Onetti empieza una interiorización de la literatura. Hay que escribir lo que se ha vivido, lo que se ha imaginado, lo que se ha soñado; la literatura tiene que tener una base real, pero a la vez debe ser toda invención.


–Una de las cartas demuestra la tensa relación con la revista Sur, cuando Onetti le pide a Mallea que le devuelvan un relato que mandó, posiblemente “Tiempo de abrazar”, y una novela, quizá El pozo. ¿Cómo analiza este vínculo?
–Mallea era la gran figura, ¿pero quién lee hoy a Mallea? En esos años era la gran figura cultural. A pesar de llamarse antiintelectual, Onetti quería publicar desesperadamente en Sur. Como no le contestan, le pide a Mallea los manuscritos ante la posibilidad de publicarlos. Después, en el ‘54, publica “El álbum” como cuento, y Los adioses como novela, en Sur. Onetti estaba desesperado por entrar en la élite que tanto rechazaba. Esa élite representaba el “escribir bien” de Mallea. Pero a Onetti le interesaba Arlt, el que escribía “mal”. Arlt quedó y se lo lee con admiración. A Mallea lo leerán, con suerte, los nietos. (publicado em Página12 del 7/1/2010)
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