De regreso a los años sesenta

Carroll Ríos de Rodríguez
América Latina desafía toda predicción. Tras los decepcionantes resultados producidos por el modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI), viramos hacia la liberalización de los mercados en la década de los ochenta y noventa. En el plano político, experimentamos una ola democratizadora que dejaba atrás los regímenes militares autoritarios. Carlos Sabino y otros pregonaban “el fracaso del intervencionismo”. Pero hoy el intervencionismo está de vuelta con fuerza. Son trasnochados los discursos de Cristina Fernández, Evo Morales y Rafael Correa. Los jóvenes no los habían escuchado, y los mayores los habíamos olvidado. De esa cuenta, cae bien repasar la literatura de aquella época. Por ejemplo, en Teología de la liberación: ¿en verdad liberará?, Michael Novak (1986) intenta convencer a los teólogos latinoamericanos de que la verdadera liberación terrenal vendrá, no por la vía marxista o socialista, sino a través de lo que él llama el “capitalismo democrático”. Distingue su concepto de nuestra realidad mercantilista, la cual erradamente hemos asumido es el capitalismo en la práctica. Novak conceptualiza al mercado como una institución social y espontánea. La humanidad alcanza mayor prosperidad en un ambiente abierto, donde las personas son libres para intercambiar, invertir y ahorrar. La energía creativa de las personas se desata cuando millones de pequeñas asociaciones de personas y empresarios actúan y crean desde la base. El talento comercial nos libera de la pobreza. “Libera al número máximo de actores económicos individuales, inteligentes y responsables, al tiempo que los ancla a los hábitos de integridad, confiabilidad, confianza y cooperación”. Un punto poco enfatizado por otros autores es el hecho de que la cooperación social descansa sobre la confianza y la fiabilidad mutua. Así, “entre más moral y observante de la Ley sean las personas, menos costosa será la vida económica. Cada vicio y debilidad humana lastiman la actividad económica sana”. En materia política, afirma Novak, el liberalismo piensa institucionalmente. Establece un marco de pesos y contrapesos para restringir el poder de unos individuos sobre otros, limitando la posibilidad de la tortura y el abuso de poder. Asume con realismo que las personas, incluidos los gobernantes, son falibles. En esa medida, la “sociedad liberal tiene vedado conferirse a sí misma trascendencia… dicta un gobierno abnegado”. Las instituciones y los procesos establecidos deben amparar el diálogo civilizado entre personas con diferentes puntos de vista. Nadie puede imponer sus ideas sobre otros —ni ateos, ni agnósticos, ni creyentes. Tampoco están obligados a rendir juicio. Novak nos recuerda que los gobiernos que carcomen la libertad económica también atentan contra las libertades sociales y políticas. Y lo estamos viendo. Pese a que la mayoría de los gobernantes populistas fueron electos en las urnas, obran autoritariamente, se arrogan nuevos poderes, censuran a la prensa y se envuelven en capas mesiánicas. ¿Adónde vamos a parar?