El “Narco-Obispo”

Estuardo Zapeta
Era querido por los cárteles. Pero no era tanto el “cariño” que le tenían, sino la necesidad de mantenerlo de su lado. El trato era más o menos así: “Usted padrecito busca alguna causa para hacer bochinche, se opone a los matrimonios gais, a la minería, a la oligarquía, o las sectas, al latifundio, a los gringos... No importa, padrecito, opóngase a lo que quiera, usted arme bochinche, que nosotros lo que queremos es que usted distraiga a los investigadores y a las autoridades, principalmente a los gringos, que ya nos tienen pa´ la chingada”. “Le dejamos etiqueta azul, reposado, vodka ruso del bueno, y hasta una botella de pizco..., pero no se pele, eh, que la última vez por pasarse de tragos, por poco y nos pasa a nosotros la DEA encima... Lo vamos a estar vigilando...” El cura quería tirarse de panza sobre el licor, terminárselo en ese mismo momento, pero la compostura de seminarista recién ordenado, la elegancia de dandy aprehendida por si le tocaba el rol de “nuncio” en algún momento, y la popularidad que había adquirido en el pueblo, lo reprimían de tal bacanal. La jugada era la siguiente: unos días antes del paso de un cargamento de cocaína, recibía de “limosna” una gran cantidad de dólares, en efectivo, y una palabra clave con un mapa de papel en el cual le señalaban qué lugares deberían estar bloqueados por “campesinos” que a cambio de entretener a las autoridades recibían el equivalente a $50 por participar unas siete horas, de cinco de la mañana al mediodía, tiempo suficiente para que los narcos pasaran el cargamento. En algunos países no son “Narco-Obispos”, sino “Narco-ONG”, o sea grupos en “alquiler” para lo que usted ordene “ingeniero, licenciado, arquitecto”, que es como conocen a los contactos. Los “grupos organizados” no preguntan para qué es el bochinche, sólo reciben las indicaciones y el dinero. El sacerdote, ese día indicado en el mapa, con el dinero adelantado, y presuntamente con “las bases” campesinas listas para protestar en exigencia a una “reforma agraria”, no despertó. La noche anterior se encerró con llave, supuestamente a sus oraciones vespertinas, y había casi masacrado cuanta botella le llevaron los narcos. Fue a las tres de la tarde del día acordado que se despertó por los balazos que escuchó a lo lejos. Se persignó. Rezó cuanta Ave María, Padre Nuestro, y Salmo se le ocurrió entre la resaca, la sed, y la deshidratación que produce un día después el licor. Los narcos irrumpieron en la habitación so pena que abría o “plomaceaban” la chapa. “¿Qué pasó, padrecito?” “¿Usted nos está jugando sucio?” “¿O nos ha visto la cara todo este tiempo, creyendo que nosotros no sabemos de sus reuniones en la capital con la gente de la DEA?” “Perdónenme, señores, voy a pedir mi cambio, y vendrá uno más útil”, replicó. Una solitaria epístola salió del pueblo hacia el Arzobispado pidiendo cambio “por razones de salud”. Los narcos siguen esperando al siguiente padrecito. El de este cuento, el de esta ficción latinoamericana está en rehabilitación. “Sin pecado concebido...” Artículo publicado en el diario guatemalteco Siglo 21, el día mertes 15 de mayo 2012.