Entre Barillas y avatar

POR PEDRO TRUJILLO
Lo ocurrido en Barillas no es casualidad. Obedece a un estructurado plan que hace metástasis en el país. Lo promueven redes de narcos, parte de ayuda internacional, vividores del conflicto, ideólogos trasnochados y columnistas asociados. La cortina de humo se conforma con cualquier combinado: un asesinato por esclarecer, el discurso indigenista, el Convenio 169, la pobreza o cualquier otro, como la matanza que planificaron y no consiguieron. No es la primera vez que se producen actos violentos en aquel municipio. Ciertos grupos -solamente tres de las 26 comunidades- llevan tiempo atemorizando, maltratando, amenazando, secuestrando a personas, ocupando propiedades y quemando maquinaria. El incidente que dejó un muerto y dos heridos fue utilizado como punto de partida para pedir explicaciones al Gobierno, olvidando que es el MP —la Fiscalía General— quien tiene la responsabilidad de investigar. Incluso dos columnistas —vividoras de aquella ayuda— llegaron a culpar directamente a la empresa. Supongo que tendrán sus pruebas o una incontrolada frustración. Meditado el asunto, hay aspectos que no escapan al análisis racional. Uno es que la empresa —guste o no— cumple con todos los requisitos legales para poder operar en el país. Otro, que se buscaba una reacción violenta del Ejército para contar con víctimas que ofrecer a este nuevo modelo de revolución. La tercera, que asistimos a un pulso a la autoridad del Gobierno para provocar y presentarlo como un “gobierno militarista”. Las tres convergen en diferentes actuaciones, no solo en Barillas, sino en todo el territorio nacional. La mecánica es similar: una turba utiliza la violencia, vulnera la ley y comete cualquier desmán que luego justifican ciertos grupos, algunos “líderes”, vividores de “la sociedad civil” y columnistas afines, ¡listo el complot! Entre todos promueven aquella teoría de la espiral del silencio (Neumann) para sustituir las instituciones formales —gobierno democráticamente elegido— por las informales —grupos de presión—, argumentando que la legalidad debe sustituirse por una prefabricada legitimidad. La idea es que “ellos” digan qué es la ley, cuándo y cómo se aplica y a quién. Pero “ellos” están pagados, son minoría, delinquen y no cumplen la propia ley. ¿Quién dijo que la lucha ideológica se había acabado? Muy pocos han dedicado siquiera una línea a los héroes de aquellos acontecimientos: los militares que estaban en el destacamento y un desconocido lugareño que, en Q’anjobal, los defendió. Parece avergonzarnos que servidores públicos salieran exitosos de las agresiones de aquella turba. Algunos hubieran deseado que dispararan para acusarlos de criminales, como en el pasado. Sin embargo, lejos de perder el combate, el comandante y sus hombres ganaron aquella batalla con la cabeza y no a cabezazos. Tuvieron las agallas de contenerse, de humillarse, de permitir que les agredieran y de tragarse el honor y el deber en beneficio de la paz. Priorizaron los derechos de los demás y no los suyos (que también los tenían), aunque no les concederán premios en Japón, en Suecia o distinciones en Washington. ¡Cumplieron con su deber!, y eso no se agradece a “chafas” ni a los anónimos campesinos. La guerra no siempre es solución, pero si hay que hacerla, mejor contar con una unidad repleta de soldados como esos que dieron una lección ejemplar y demostraron ser mucho más valientes que los cobardes asesinos que los golpearon y pretendían quemarlos. No sienta pena, mi mayor, por preocuparse y llorar por sus subordinados, eso lo engrandece hasta límites inimaginables e incomprensibles para algunos. Mi respeto, igual de intenso, para el aldeano. Artículo publicado en el diario guatemalteco Prensa Libre, el día martes 15 de mayo 2012.