Interpretando una crisis

POR PEDRO TRUJILLO
Hacía tiempo —de hecho, no recuerdo la última vez— que no paseaba por Madrid con rumbo perdido. Tengo la ventaja de poder abstraerme de los monumentos, de las tiendas y de asuntos que llaman la atención al primerizo porque los he visto cientos de veces. Me centré, en esta ocasión, en lo que suele pasar desapercibido cuando los sentidos se entretienen con otros eventos: en las personas. Intenté descifrar rostros demacrados, miradas perdidas y actitudes crispadas. De inmediato recordé mi visita a Buenos Aires en 1999, en el preámbulo de la crisis económica de la que Argentina parece no haber aprendido nada, y muchos otros países tampoco. Gente deambulando, desencantada, desconfiada, dudosa del futuro inmediato y sin convicción de que todo puede mejorar. Suele ser el análogo inicio de muchas crisis. Observé más mendigos que de costumbre —con el agravante de que algunos no llegaban a los 40 años—, que se tapaban con un cobertor y ponían un letrero de esos que pretenden transmitir la lástima que la cara refleja. Me adentré en la céntrica calle Montera, donde hasta la prostitución —marcada en cada esquina— transmitía una clara preocupación. En la zona, decenas de compradores de oro, de relojes de marca y de joyas, atendían la demanda de personas que cada vez más empeñan cosas personales. Madrid es la capital de un desencanto nacional generado en el último decenio por gobiernos inescrupulosos —votados por ciudadanos irresponsables— que se endeudaron hasta límites insostenibles y cuya actuación refleja hoy ese panorama descrito. Los indignados —desaparecidos de las calles—, lejos de comprender el problema desean sumarse como grupo de presión que también quiere vivir del presupuesto del Estado. ¿Por qué unos sí y otros no? es la pregunta que no terminan de responderse dos generaciones perdidas y educadas en esa “filosofía” nacionalista y pedigüeña. En lugar de preocuparse porque todos seamos iguales —sin privilegios— buscan la manera de pertenecer a grupos subsidiados ¡No entendieron nada! El sistema se mantiene (en parte) con la economía informal a la que han migrado demasiados, lo que permite atestar al atardecer los bares de tapas sin importar el día de la semana. Los gobernantes manipuladores, ladrones, inútiles o corruptos provocan graves situaciones que se manifiestan después de haberse retirado con su cuenta repleta. España paga la factura de gobiernos socialistas —y de oposición irresponsable y poco contundente— que prefirieron apostar por el gasto desmesurado y la alta presión fiscal, exactamente lo que aquí quieren vendernos ahora asesores desfasados que cobran millones por implementar un modelo probadamente desastroso. La deuda española —y otras europeas— alcanza cifras incomprensibles y ha servido para construir aeropuertos en los que no aterriza un solo avión, campos de futbol a medio terminar y centros de entretenimiento y convenciones que apenas ofrecen el cascarón pero cuyo interior está abandonado o sin finalizar, entre otros despropósitos. Documentadas investigaciones fácilmente muestran infraestructura inservible por más de €10 mil millones, además de inciertas deudas de administraciones autonómicas y municipalidades amenazadas de intervención por el gobierno central. Desconozco qué aprenderemos de todo esto, pero el espectáculo está servido. Allí se habla de recorte; aquí, de más gasto, aunque una cuarta o quinta parte del presupuesto es pura tiradera de dinero en privilegios, sin contar la corrupción y la ineficiencia —cuando no incapacidad— en la gestión. ¿Nos lamentaremos con el tiempo? ¡Brutos hay que ser, si eso ocurre! Artículo publicado en el diario guatemalteco Prensa Libre, el día martes 29 de mayo 2012.