La familia en ojos de Marroquín

Carroll Ríos de Rodríguez
Cuando el Obispo Francisco Marroquín vino a estas tierras (1530), se planteó un reto que contadas personas han enfrentado: ¿cuál es el elemento clave para cimentar una sociedad pacífica y estable, poblada por hombres y mujeres libres y responsables? Lo habían nombrado para desempeñar tres cargos complicados: “juez eclesiástico, protector de indios, cura párroco”. Y en las décadas transcurridas desde el descubrimiento de las Américas, se había sembrado más discordia que armonía. Según el Padre Gustavo González Villanueva, autor de La utopía de Francisco Marroquín, el Obispo Marroquín comprendió de entrada que no se podía “inventar, de la noche a la mañana, un gobierno nuevo para un mundo nuevo”. Al fin y al cabo, el proyecto giraba en torno a personas de carne y hueso, con debilidades y defectos, pero capaces de aprender y adquirir dominio de sí. Él quería que dichas personas concretas asumieran, por decirlo de alguna forma, los tres derechos “insertos por Dios en el ser humano”, resaltados por Isabel la Católica en su testamento: el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad. Es así como el matrimonio y la familia se convirtieron en una piedra angular del proyecto marroquiniano. “Que se junten”, recomendaba el obispo una y otra vez, para formar tantos núcleos familiares como centros urbanos. Los matrimonios entre indígenas y entre españoles establecidos en las nuevas tierras, propiciarían la unidad de familia, y de la sociedad. Le insistió al Emperador que era necesario formar a la mujer, la principal transmisora de valores en el seno del hogar. La educación sistemática (en los colegios y la universidad) tendería a reforzar lo aprendido en casa, cultivaría la razón y “el hábito del discernimiento”. El Obispo Marroquín empezó a sistematizar las lenguas nativas. Abogó consistentemente por una educación “que despierte el anhelo de buscar y encontrar la verdad” —una misma educación para todos—. Por ejemplo, le pidió al monarca una renta para hacer un colegio para hijos de españoles, huérfanos y “mujeres naturales de esta tierra”. Marroquín se molestaba con quienes querían sobreproteger o marginar al indígena, pues soñaba con una sociedad de “hombres y mujeres maduros” y competentes. El Padre González afirma que Francisco Marroquín es portavoz de una nueva antropología: el proceso revelaría al hombre espiritual (ya no animal), y de allí al “hombre dotado de la dignidad de hijo de Dios”. Dado que ayer celebramos el Día Internacional de la Familia, parece oportuno atender el mensaje del Obispo Marroquín. Se nos recuerda de vez en cuando que aprendemos a amar y a socializar en familia, pero ya casi nunca recapacitamos que es el sitio donde aprendemos (o debiéramos aprender) los valores, incluyendo el importantísimo sentido de la libertad y la responsabilidad personal. ¿Qué podemos hacer cada uno de nosotros, en nuestro ambiente particular, por apuntalar las luchas para sanar y fortalecer esta institución milenaria? ¿Y qué pasará si desvalorizamos a la familia y la damos por obsoleta? Artículo publicado en el diario guatemalteco Siglo 21, el día miércoles 16 de mayo 2012.