Batalla de ideas

Carroll Ríos de Rodríguez
El presidente Barack Obama está enfrentado con la Iglesia Católica de Estados Unidos, y con otras iglesias, asociaciones e individuos, desde principios de año. Un controversial mandato que obliga a organizaciones propiedad de la Iglesia (universidades, colegios y hospitales) a pagar por contraceptivos abortivos y esterilizaciones, está en vigencia. El Gobierno luego sugirió que las agencias aseguradoras asumieran los costos de tales servicios, pero los líderes religiosos reconocieron la trampa: la salida no elimina el dilema moral, y el costo eventualmente recae en el empleador. Es una violación a la libertad religiosa, mantiene el presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal Timothy Dolan de Nueva York. El tema es complejo porque el Gobierno es proveedor directo, financista y regulador de servicios de salud. Quizá esta batalla no hubiera surgido en un mercado menos intervenido. Pero dada la situación, la cuestión es grave: ¿Puede o debe el Gobierno obligar a alguien a proveer y financiar servicios que chocan con sus creencias? Aquí el Gobierno es el poderoso, el bully, no las organizaciones religiosas. Ellas coexisten en un sistema donde muchos oferentes prestan servicios a consumidores de abortos, contraceptivos y esterilizaciones. Escribe George Weigel: “Los contraceptivos son más fáciles de conseguir en Estados Unidos en 2012 que los cigarrillos y la cerveza. No existe una necesidad pública para presionar a instituciones e individuos que objetan en conciencia a proveerlos, amenazándolos con ruinosas multas financieras si incumplen la ley”. Y es que la legislación deja a dichas entidades dos opciones: infringir la ley o cerrar sus puertas. Puede ser exactamente lo que quiere Obama. Algunos piensan que su visión para transformar la sociedad estadounidense requiere desmantelar aquello que deslumbró a Alexis de Tocqueville: una cultura rica en asociaciones libres, seculares y religiosas. Nadie está obligado a unirse a otros en torno a ideas en común, pero tampoco tiene prohibido hacerlo. Una fuerte, plural y descentralizada sociedad civil no solo sirve para atender necesidades locales de forma eficiente, sino también reduce la dependencia del individuo en el Gobierno. Un boletín de la Conferencia Episcopal titulado “Protegiendo las Conciencias”, emitido este mes, afirma: “Lo que está en juego es si Estados Unidos seguirá teniendo una sociedad civil libre, creativa y robusta —o si solo el Estado podrá determinar quién puede contribuir al bien común, y cómo deben hacerlo”. Para hacer conciencia sobre la importancia de la libertad religiosa entre la ciudadanía, hace unos días inició la “Quincena por la Libertad”. Tocqueville y los padres fundadores sostenían que si esta peculiar estructura social se deteriorase, la república devendría en una aborrecida tiranía y la libertad personal desvanecería. Sin entidades intermediarias, la gente vuelve la vista al Gobierno como un paternal “solucionador”. Puesta en estos términos, la evolución de esta lucha de ideas nos atañe a todos. Artículo publicado en el diario guatemalteco Siglo 21, el día miércoles 27 de junio 2012.