De pollitos y gallinas

PEDRO TRUJILLO Hay que analizar si la actuación de los normalistas —y quienes les apoyan— es realmente normal. No recuerdo ningún caso de impúberes que en Europa o USA tomaran escuelas y tuvieran al país en jaque mientras autoridades y adultos discutían pueriles planteamientos. Aquí, sin embargo, el Gobierno, ¡bien gracias!; los sindicatos magisteriales, interesadamente callados mientras reelegían —una vez más— a Joviel Acevedo —¡tanto discutir sobre la reelección presidencial!—, y la sociedad en general, perdida en otros planteamientos porque la verdad es que nos pela lo que pase; de ahí el futuro que nos espera. En resumen: un montón de niños y niñas menores de edad, financiados por inescrupulosos anónimos y becados los estudios con dinero público, toman escuelas, impiden que sus compañeros asistan y, para colmo, ni siquiera serán afectados por las reformas que “combaten”. Con ello se consiente, como es habitual, que grupos de presión terminen decidiendo —por encima del derecho individual y del interés colectivo— qué hacer en el país. Lo sustancial —el respeto a los derechos— no se garantiza porque nos acostumbramos a que todo es dialogable y negociable, sin importar si es justo o legal. En este mimado conflicto medió, entre otros, la oficina de Derechos Humanos del Arzobispado, suerte de ONG que desconozco lo que pinta en todo esto, cuando más bien aunque debería dar algunas explicaciones por conductas ahora denunciadas ante el MP, como otras ONG similares. Vividores y farsantes —defensores de “derechos humanos” de unos pocos— se dejan ver en situaciones que les generan publicidad y quizá recursos financieros, aunque huyen de los problemas reales que deberían afrontar. Promueven y potencian a gallitos peleones que luego veremos, seguramente, “estudiando” en la Usac y cometiendo similares desmanes, tal y como la realidad de cada día demuestra; estarán al frente de ocupadores de fincas, de opositores a la minería, a las hidroeléctricas o serán vividores en ONG justificadoras de bochinches. Tenemos lo que nos merecemos por cobardes y por permitir que esas cosas ocurran. No se trata de enviar a la PNC a que los saquen a cachiporrazos, pero sí de responsabilizar a los progenitores de las conductas inapropiadas de sus hijos, que es lo que la ley hace con quienes son menores y, consecuentemente, irresponsables de sus actuaciones. Se ha ignorado la responsabilidad de los padres, permitido violentar los derechos de otros estudiantes, despreciado lo que la mayoría del país quiere: una reforma educativa, y pisoteado toda la lógica de actuación en un estado democrático donde los derechos individuales deben ser inviolables. Contentos con la “negociación” tenida, como si de una victoria se tratase —cuando es un fracaso más—, asistimos a otro triste capítulo de la historia de este país. Tardaremos en evolucionar porque nuestra forma de ser y de pensar no está por la labor, y contra esa concepción mental se requiere un desafío personal al que pareciera no estamos dispuestos. ¡Pues nada!, a seguir cohibidos, coartados y acobardados, como gallinas, y que los pollitos nos pongan en fuga, mientras nos quejamos en privado de lo que no tenemos pantalones de decir o exigir en público. Estoicamente consentimos a todos esos vividores del conflicto que nacen precisamente ahí, porque no se les educa y se les hace aprender que jamás se debe violar, bajo ningún concepto, el derecho de nadie, y que quienes quieran ejercer los suyos, deben respetar los de los demás ¡Luego tenemos mareros de 9 años y no sabemos el porqué! Artículo publicado en el diario guatemalteco Prensa Libre, el día martes 26 de junio 2012.