El Arzobispo y los nacimientos

Carroll Ríos de Rodríguez Sumo una voz, un tanto distinta, al coro de despedidas ofrecidas al arzobispo Rodolfo Quezada Toruño. Corresponde a los historiadores del futuro poner en perspectiva el actuar de monseñor Quezada, como pastor y como ciudadano. En este contexto, es marginal el gesto amable que tuvo conmigo, pero se los comparto porque yo aprendí de él. Así que en pleno junio, deseo contarles que a monseñor Quezada le encantaban las fiestas navideñas. Hace diez años recibí una inesperada carta de felicitación firmada por monseñor Quezada. Resulta que mi columna navideña le había traído recuerdos de su infancia. Yo había dedicado el artículo a narrar el proceso de elaboración del nacimiento en nuestra casa. Nos damos a la tarea en familia, grandes y pequeños, con lo cual el resultado no podría incluirse en una revista de decoración. Gracias al poderoso engrudo, las manitas laboriosas terminan mezclando los aserrines de colores chillantes unos con otros, y todo a nuestro alrededor queda cubierto de aserrín, piedrín y musgo. Describí nuestra ecléctica colección de figuras, tres cuartas partes zoológico, con varias piezas rotas y remendadas. Pero el caos y las imperfecciones valen la pena: nada supera esas caritas satisfechas al contemplar la obra terminada, espiarlos jugando con los camellos a escondidas, y verlos desarrollar una amistad natural con el Niño Jesús. Conocí personalmente al Arzobispo poco tiempo después. Él reiteró su mensaje y me dijo riendo: “Yo también soy columnista ¡en un diario popular!”. En ese breve intercambio percibí el genial sentido de humor que tantos han comentado. Y volvió sobre el tema en su carta pastoral en ocasión del Adviento (2002): “Una Navidad sin Jesús como centro no tiene sentido… [no] hay que menospreciar las costumbres populares. Al contrario, hay que valorarlas y fomentarlas. Me refiero concretamente a la costumbre de hacer “nacimientos” o “pesebres”, a nuestras tradicionales “posadas” y a las cada vez más populares “pastorelas”. Dicha misiva pastoral terminaba exhortando a los padres de familia para que asumamos nuestro papel de primeros educadores, también en materia de fe. De este breve intercambio extraigo tres duraderas lecciones. Primero, la familia integrada, unida por el amor sincero y por pequeñas costumbres familiares, es un tesoro. ¡Revalorémosla! En Guatemala aún poseemos el sentido de familia nuclear y extendida; defendamos estos valores a capa y espada contra la marea relativista. Segundo, nuestras bellas tradiciones no sólo nos brindan oportunidades para compartir con seres queridos, sino nutren nuestra vida interior. Bien vividas, nos llevan a la reflexión sobre aquello que celebramos. Tercero, sabiéndonos hijos de Dios, debemos hacernos niños ante Él... sencillos, humildes, cariñosos, esperanzados, optimistas y alegres. Esto no lo dijo el Arzobispo, pero brillaba en sus ojos: la Navidad le provocaba placer porque sabía vivir una niñez espiritual a lo largo del año. ¡Gracias, monseñor Quezada, y hasta pronto! Artículo publicado en el diario guatemalteco Siglo 21, el día miércoles 13 de junio 2013.