Ostrom, ciencia y verdad

Carroll Ríos de Rodríguez Hoy rindo tributo a Elinor Ostrom, quien falleció el 11 de junio. Es la única mujer que ha ganado el Premio Nobel en Economía; lo recibió en el 2009 con su amplia sonrisa y admirable sencillez. Asombra el hecho que Ostrom (1933-2012) no era economista, sino politicóloga, y que en círculos académicos figuraba más su esposo, Vincent, y otros colaboradores. Juntos fundaron un taller para el aprendizaje interdisciplinar en Bloomington, Indiana. De su ejemplo podemos tomar lecciones: era intelectualmente curiosa y una aguda observadora de la persona humana, sabía hacer preguntas incisivas, se compenetraba de los dos lados de cada debate, y antes de asumir una postura leía cuanta encuesta, estudio y teoría encontraba sobre el tema. Era como una artesana o una chef frente a la ciencia social: del proceso exploratorio, creaba una armoniosa ensalada, combinando ingredientes que otros científicos jamás hubieran unido. Su mente interdisciplinar era un arma de conciliación y encuentro. Explicar la verdad, la realidad tal y como la percibía, era tanto su motivación como un imperativo. ¡Qué diferente a tantos académicos a quienes poco les interesa que sus teorías coincidan con la realidad, o que se rehúsan a aceptar que existe tal cosa! Ostrom partía de la premisa de que existe una “naturaleza humana”, objeto de estudio de las ciencias sociales, pero intuía que cada persona es única e irrepetible. No somos autómatas preprogramados. No todas las personas hacen lo mismo en un dado escenario: aprendemos y nos adaptamos, podemos ser creativos o destructivos. Cómo reaccionamos en una situación depende en gran parte de las normas sociales en vigor y de la cultura de confianza que forjamos con quienes interactuamos. Por eso, Ostrom se resistía a las generalizaciones tipo aplanadora, y a las soluciones panacea. No se puede decir que la intervención gubernamental siempre va a ser la mejor forma de combatir la deforestación, por ejemplo. Cuando sobresimplificamos, perdemos de vista la capacidad de las personas de moldear soluciones específicas dentro de su comunidad. Cuando las normas sociales incentivan la confianza mutua y la reciprocidad, las personas colaboran efectivamente. Y cuando los arreglos institucionales funcionan, intervenir hace daño. A ella le gustaba imaginar órdenes policéntricos, coexistiendo unos con otros. En el taller que operó con su esposo Vincent, ella cultivó un ambiente acogedor, para así fomentar la cooperación y la reciprocidad. El taller creció más de lo que los Ostrom imaginaron. Abarcó temas empresariales, antropológicos y biológicos, además de los socioeconómicos que tenían previsto analizar. El particular estilo de aprendizaje de Elinor era colaborativo, aclara el economista Peter Boettke, un admirador. Llegó a ser tan productivo este formato académico que las personas que pasaban temporadas en Bloomington se mantenían siempre en contacto, aún estando lejos. A nosotros también nos hará bien acercarnos figurativamente a Bloomington, para conocer más a fondo la obra y vida de esta valiosa mujer. Artículo publicado en el diario guatemalteco Siglo 21, el día miércoles 20 de junio 2012.