Piratas del Caribe

PEDRO TRUJILLO Ni cambio de legislatura ni renovación del Congreso ni Constituyente ni leches. ¡Esto tiene difícil solución! La razón principal es que muchos cerebros tienen enquistado un costumbrismo donde la falta de ética es protagonista. A demasiados habitantes del país no les preocupa —ni les interesa— ordenar el mismo, buscar justicia o actuar con decencia, sino formar parte de algún grupo de privilegiados para hacerse con cualquiera de los botines creados desde antaño. Se trata de asaltar el botín de los medicamentos, el de los fertilizantes, fundar una ONG para que adjudiquen obras o dedicarse al negocio del transporte público para recibir sustanciosas subvenciones, entre otros. Los capitalinos pagan el fertilizante de los campesinos y aquellos subvencionan el transporte de los primeros, mientras entre los dos asumen el elevado costo de los privilegios de los funcionarios ¡Incomprensible absurdo! Millones que estimulan la depredación y fomentan la creación de monopolios y oligopolios que hacen que los concursos se diseñen a medida de los oferentes. Los sindicados, por su parte, negocian con quienes llegan al poder y obtienen una sustancial tajada a través de prerrogativas impensables en otros países. Al final del día la piratería —no la ética— es la protagonista del quehacer de todos esos zopilotes que engullen el festín que el resto pagamos. Lo mismo hacen aquellos “indignados” desde el otro lado del Atlántico, pidiendo no un ajuste para salir de la crisis, sino que haya más dispendio de recursos económicos para ahondarla. No entienden de economía ni de responsabilidad individual. ¡Qué bonito es vivir a costa de los demás! Se escudan en el discurso de que sean los “ricos” o aquellos que “más ganan” quienes asuman esos despilfarros —o robos— y promueven una irracional discusión para que otros paguen lo que ellos quieren disfrutar, sin devolver nada de lo que reciben. La salud, “gratis”; la educación, también, y por supuesto, las carreteras, la conservación del medioambiente, el transporte, etc. Aducen que la democracia —que entienden como el gobierno de la mayoría— debe predominar en todo eso, aceptando que muchos decidan lo que pocos deben hacer, salvo cuando los pocos pueden esgrimir derechos ancestrales, indigenismo, género, situaciones históricas o no importa qué otra excusa para contradecir e invertir el primer discurso. Quieren vivir como aquellos que condenan, pero no se atreven a ser tan directos. No dicen la verdad de lo que persiguen, pero codician lo del vecino, y cuando lo obtienen lo esconden o lo niegan, como el oro robado a barcos que los piratas enterraban para que nadie supiera ni se lo quitaran. No somos un paisito de mierda, como alguien dijo, pero sí de una manifiesta y extendida falta de ética, donde la práctica de las buenas costumbres y el respeto por la norma se reserva para la casa, o cuando se sale al extranjero, fuera de ahí, la ley del más fuerte se hace visible en cualquier colectivo. Promovemos el chispudo, el motorista “pilas” que peligrosamente se atraviesa entre los carros sin respetar, y el “buena onda”, que sin escrúpulos nos cuela en la fila, admirando y reconociendo al pícaro que vulnera las reglas, en lugar de censurarlo por caradura. Vivimos permanentemente un festival de locos donde la estupidez y la hipocresía ocupan lugares destacados. Hemos aprendido a coexistir con ello, lo aceptamos como “patrimonio nacional”, y hasta es simpático, aunque comienza a ser un problema. ¡La vida pirata es la vida mejor!, sin trabajar... Artículo publicado en el diario guatemalteco Prensa Libre, el día martes 05 de junio 2012.