Relaciones “cívico-militares”

Estuardo Zapeta
El antimilitarismo, dada la realidad de Guatemala, ha pasado a un plano casi de inexistencia y en su lugar hemos volteado nuevamente nuestra mirada a nuestras Fuerzas Armadas, que, nos guste o no, es el último bastión social que queda después del fracaso de las otras instituciones de gobierno. El “chafa” —y tomo aquí la definición de Francisco Pérez de Antón— no es ajeno al “pachuco”, porque al final todo “chafa” es “pachuco”. (“Chafa” era un adjetivo utilizado para denominar a los militares en otros tiempos, y “pachuco” era el adjetivo que militares utilizaban para definir a los “civiles”.) Las solicitudes de presencia militar en áreas rurales siguen aumentando tanto como las solicitudes desde áreas urbanas, y eso hace que, por fin, consideremos al Ejército de Guatemala como lo que es: una institución legítima de servicio que junto con la comunidad deberá ser fortalecida para potenciar la organización comunitaria. A eso se le llama empoderamiento. A todos los ciudadanos nos conviene un Ejército fortalecido. Pero fue el gobierno de Óscar Berger el que atentó contra el Ejército y contra la población. Muy mal asesorado, dicho gobernante que nunca sobresalió por su capacidad intelectual y menos por su visión estratégica, siguió el erróneo consejo de reducir y casi eliminar el Ejército. Hoy estamos pagando muy caro el presunto “ahorro”. Y lo más curioso de esa insensatez fue no solo la pasión con la que, tanto Berger como el entonces vicepresidente Stein (ahora asesor del presidente, general Otto Pérez Molina, vaya vueltas de la vida) le entraron al asunto, sino también que todo lo hacían “en nombre y en cumplimiento de los acuerdos de paz”. De hecho, contrario a la argumentación de Berger y Stein, en ese entonces, el Ejército es la única institución estatal que ha cumplido con los malogrados “acuerdos de paz”, y no solo eso, sino que ha ido más allá de ese cumplimiento llegando del punto, peligroso para Guatemala, de su casi desaparición. La población está enviando los mensajes claros y directos al Gobierno: debe fortalecerse al Ejército, y potenciarlo para el servicio, y servir en el proceso, al mismo tiempo que se restituyen ese concepto fundamental de “relaciones cívico-militares”. El reto de la seguridad será factible con el liderazgo de la institución cuya cultura organizacional, de casi siglo y medio, es reconocida y apoyada por la población a la que sirve. El pueblo de Guatemala sigue creyendo en su Ejército, eso es lo que dicen las muchas solicitudes de “destacamentos militares”, y esa confianza es una gran oportunidad de gobernabilidad para el presidente Pérez, quien debe regresar a su discurso de “Seguridad” que le dio la confianza del pueblo, y dejar de lado insensateces como las ya malogradas “reformas constitucionales”. El Presidente tiene hoy de frente a la nación una oportunidad de oro para enderezar la senda que sus antecesores equivocaron. Unidos Ejército y Pueblo somos fuertes y grandes. Artículo publicado en el diario guatemalteco Siglo 21, el día viernes 29 de junio 2012.