Peligro, peligro, peligro…

Carroll Ríos de Rodríguez
Rechazaríamos a un zorro vendedor que nos dijera: “Pague cientos de millones por un pastel que será elaborado por 158 cocineros, pertenecientes a escuelas culinarias en constante pugna. Los cocineros devengarán jugosos salarios mientras discuten y trabajan; serán susceptibles a la presión de grupos de interés. Anticipe sorpresas, pues no tienen que seguir una receta particular, pero solo le entregaremos el producto final si la mayoría de la población lo aprueba. Eso sí, aunque se quede sin pastel, no le devolveremos ni un centavo. Confíe en mí, ¡saldrá delicioso!” Tal oferta haría sonar las alarmas internas en cualquiera, como en el robot B9 de la serie televisiva Perdidos en el Espacio: “¡Peligro, peligro, peligro!”. Por eso aquí, y en el resto del mundo, la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) es comparada con la caja de Pandora: de ella puede escapar todo mal conocido. Aunque abrir la caja permite hacer modificaciones deseadas, pone en cuerda floja los artículos que preferiríamos dejar intactos. Lo que cada quien quiere cambiar o conservar varía: unos quisiéramos fortalecer el Estado de Derecho; otros querrán proteger privilegios, construir el socialismo del siglo XXI, o más. No obstante, el riesgo es real y generalizado si la ANC puede transformar las reglas del juego drásticamente. Racionalmente preferimos la Constitución conocida a una nueva que pudiera ser peor. Nadie puede garantizar el perfil de los constituyentes electos, la calidad de su trabajo ni el contenido que redactarán. Se reducen significativamente los costos asociados al proceso cuando es posible efectuar enmiendas constitucionales por otros caminos. La Constitución vigente reconoce iniciativa para proponer reformas al Presidente, diez o más diputados, la Corte de Constitucionalidad y al pueblo (un mínimo de 5,000 ciudadanos empadronados). Estas propuestas deben ser tramitadas por el Congreso “sin demora alguna”. Si dos terceras partes de los diputados la aprueban, se convoca a una consulta popular para su aprobación definitiva. Por lógica, el Congreso tendrá que atender las iniciativas conforme se reciben. Sólo se recurriría a una ANC para reformar el corazón de la Constitución (artículos 3-46 y el artículo 278), y antes se especificarían los artículos que esta podría alterar. El presidente Pérez ha recurrido a la vía alterna para su propuesta de reforma, mas propone que de aquí en adelante solo una Asamblea Nacional Constituyente pueda reformar la Constitución. Luce incoherente, habiendo él criticado el clamor del partido Líder por una ANC que refunde la nación. ¿Querrá obstaculizar futuras enmiendas, para que su reforma sea la última y definitiva? Si es así, estamos mal, porque constitucionalistas expertos opinan que la iniciativa oficial no es profunda, coherente o constructiva. ¿O querrá despejar el camino para luego convocar una ANC con poderes radicales? Si es así, estamos frente al tramposo vendedor. ¿Y por qué la prisa? Ciudadanos: ¡peligro, peligro! Esta batalla es ineludible: son altísimos los costos para cada uno de nosotros. Artículo publicado en el diario guatemalteco Siglo 21, el día miércoles 04 de de julio 2012.