¡Id y enseñad!, si os dejan

PEDRO TRUJILLO
Como viene siendo frecuente en los últimos años, se forzó el cierre de la Usac. El motivo, nuevamente, fue el enconado pleito entre asociaciones, por cuestiones de poder, control, dinero e influencia. El corolario es que se gastan sustanciales cantidades de dinero en una institución que no ofrece el resultado que la mayoría de los ciudadanos desean: calidad educativa. El propio estudiantado ha denunciado a compañeros que portan armas —AK-47, según testigos— y trafican y consumen drogas dentro del campus. Todo un alarde de impunidad, criminalidad, malversación de fondos, autoritarismo y otros calificativos propios de grupos mafiosos. Por si lo anterior no bastara, la Usac sigue siendo un monopolio universitario cuyos egresados condenan ferozmente los privilegios nacionales ¡Critican prerrogativas ajenas, pero conservan y promueven las suyas! Todo un contrasentido cuando no hay otra opción pública a la tricentenaria, a diferencia de otros países, donde hay varias universidades públicas y la competencia genera mejores resultados. La Usac ha pasado de ser un auténtico y exitoso centro de formación académica —primeros siglos— a un lugar donde parte de la dirigencia en la época del conflicto se escudó ideológicamente y, firmada la paz, aparecieron los nidos de delincuentes —en palabras de actuales dirigentes, que no mías— razón por la que hay interpuestas denuncias tan graves como las antes indicadas. Pareciera que lo importante para algunos cabecillas y educandos —que no estudiantes— es el botín que representa un alto presupuesto y el poder que constitucionalmente se le otorga a dicha Universidad, incrementado en la propuesta de reforma constitucional. Nunca he visto una liquidación presupuestaria que permita conocer cómo gasta el dinero esa institución, cuánto se destina al pago de profesores, a infraestructura, a personal docente, etc., de manera que se pueda hacer una razonable evaluación del gasto que realiza, del costo por estudiante y efectuar la correspondiente fiscalización, en consonancia con la transparencia que reclama en sus discursos. El tema es tabú porque precisamente ahí—en el manoseo de fondos y en la gestión del poder— está el auténtico nudo gordiano del problema. Se trata, en definitiva, de controlar y manejar los hilos desde la sombra. El resto: estudios, programas, capacitación, ocupa para muchos dirigentes, profesores y alumnos un segundo o posterior plano. Basta ver las instalaciones, la precaria infraestructura y el mercadillo que cada día aparece entre los edificios obsoletos de la única universidad estatal. Pareciera que no hay mucho interés por cambiar el estatus quo que garantiza la influencia en la política, en la elección de magistrados y otros empoderamientos que la Constitución contempla, pasando de universidad pública a tribuna política —o politiquera— de un trasnochado discurso confrontativo y ausente de academia, permitiendo la indefinida repetición de cursos de “estudiantes” mediocres. Es un deber ciudadano plantearse hasta qué punto es permisible esa degeneración y tolerar a asociaciones estudiantiles que frecuentemente cierran el Centro e impiden, mediante el ejercicio totalitario con lujo de fuerza que tanto critican, el acceso a clase de una mayoría que pareciera no tener derechos. Autoridades que no enfrentan el problema porque no quieren confrontar a grupos radicales y violentos de “estudiantes”, y una población estudiantil apática que espera que otros resuelvan el problema, mientras aprueban clases sin apenas asistir a ellas o haciéndolo fuera del recinto. Tema urgente e importante en este país de grupos mafiosos que nuevamente evidencia cómo unos pocos amedrentan a muchos cobardes ¡Sigamos!, a ver dónde irán a enseñad, y a aprender. Artículo publicado en el diario guatemalteco Prensa Libre, el día martes 28 de agosto 2012.