Otto Pérez el converso

Karen Cancinos
Este es el artículo 66 de la Constitución: “Protección a grupos étnicos. Guatemala está formada por diversos grupos étnicos entre los que figuran los grupos indígenas de ascendencia maya. El Estado reconoce, respeta y promueve sus formas de vida, costumbres, tradiciones, formas de organización social, el uso del traje indígena en hombres y mujeres, idiomas y dialectos”. Esta es la propuesta de reforma de ese artículo: “Identidad y espiritualidad de los pueblos Indígenas. El Estado reconoce, respeta y protege el derecho a la identidad de los pueblos Maya, Garífuna y Xinca; respeta y promueve sus formas de vida y de organización, costumbres y tradiciones, el uso del traje indígena en hombres y mujeres, sus distintas formas de espiritualidad, idiomas, dialectos y el derecho a trasmitirlos a sus descendientes. También reconoce, respeta y protege su derecho a usar, conservar y desarrollar su arte, ciencia y tecnología así como el derecho de acceso a lugares sagrados, debiendo la ley establecer lo que respecta a su identificación y reconocimiento”. No hay que ser un genio para ver lo obvio: grupos diferentes tienen culturas distintas. Así que no se trata tan solo de “reconocer, respetar, promover, proteger” un hecho de la vida, sino de encarar el desafío que representa que gente con costumbres, lenguajes y culturas muy disímiles conviva pacíficamente. La propuesta de reforma constitucional del mandatario Otto Pérez no va por este camino, sino que constituye más bien una proclama para que todos nos enteremos de una buena vez que se ha convertido a la nueva religión, la political correctness, y que se ha vuelto un adorador de los mantras de moda: el multiculturalismo (suspiro) y la diversidad (otro suspiro). Sabemos que la convivencia entre grupos con culturas tremendamente dispares puede ser una fuente de problemas sociales. Ahora bien, ¿cómo lidiamos con eso? Hay dos formas de hacerlo, ambas fuera del horizonte políticamente correcto que tanto ha podido con el Presidente. Una de ellas es el acoplamiento o incluso una amalgama cultural: eso minimiza las fricciones sociales. La otra es la opción de vivir separadamente. A mí me parece que los guatemaltecos hemos optado por la primera forma de convivencia. Cada vez más jóvenes indígenas adaptan sus estilos de vida a los valores culturales de la sociedad guatemalteca en la que viven, occidentalizada y decididamente influida por Estados Unidos… para bien y para mal. Claro que el que muchos dejen de lado el traje autóctono y el idioma de sus abuelos, y nombren a sus hijos “Daddy Yanki” o “Yeilo” (por la cantante JLo) son cosas ante las cuales una no palmotea de gusto. Pero se comprende a quien se ve en la disyuntiva entre usar ropa cómoda, barata y fácilmente lavable, o preservar su vestimenta tradicional, costosa en todos los sentidos. Se entiende a quien está más interesado en aprender español e inglés, que en conservar un idioma con el que puede comunicarse solo con unos miles de personas (o decenas en algunos casos), cuando el mundo es ancho y generoso y está esperando a quien quiera conquistarlo. En cuanto a los nombres que les ponen a algunos chiquillos, pues que cada quien se las arregle como pueda. El mal gusto no puede ni debe ser materia de prohibición. Artículo publicado en el diario guatemalteco Siglo 21, el día viernes 24 de agosto 2012