Iglesia y minería

PEDRO TRUJILLO
Un artículo de opinión contra la minería (Mineros nos invaden) permite reflexionar sobre el contenido y su autor —el sacerdote Víctor Ruano—, quien alude, entre otras cosas, a la tozudez política y empresarial frente a la sabiduría del pueblo en no querer esa clase de empresas. Desconozco a qué“pueblo” se refiere ni el porqué de ignorar a esa otra población anhelante de empresas generadoras de riqueza que conscientemente esquiva. Tampoco tengo información sobre cuántas minas ha visitado, si comprobó el crecimiento del número de empresas locales en donde aquellas se instalaron o el significativo aumento de la renta media de los lugareños. Pareciera que la objetividad y la responsabilidad al escribir ocupan un segundo plano frente al prefabricado discurso de tribuna. Es preciso recordarle que no es portavoz exclusivo de una iglesia universal de la que todos —malos católicos incluidos— formamos parte; que la “sabiduría del pueblo” es una expresión general que nada concreta, aunque sagazmente manejada pretenda hacerlo; que no asistir a clases de economía genera importantes lagunas sustentadoras de discursos embaucadores, aunque cuenten con la bendición de la diócesis y que no es conciliable ser agitador de párrocos y “demás agentes de pastoral” y portador de casulla dominical. Me cuesta comprender —en un clérigo cristiano— ese sesgo ideológico-radical y no entiendo que aún se sostengan fracasados postulados del entorno de la teología de la liberación, pretendiendo respaldar opiniones radicales con conceptos incorrectos y falaces. Recuerde que “la verdad nos hará libres” y que nos enseñaron que la mentira es un pecado, aunque pareciera que solo para laicos. Le sugiero, padrecito, aplique las sugerencias hechas en estas páginas por monseñor De Villa, donde pedía responsabilidad, seriedad y veracidad, algo ausente en sus afirmaciones, o el llamado a “la conducta moralmente recta” de su colega Mario Molina. Una prueba de humidad sería visitar una mina y comprobar si realmente es tan “Goliat” o “Bestia” como sugiere, o por el contrario, está usted errado (sin “h”). De ser así, súbase al púlpito repleto de humildad y haga su personal acto de constricción, como seguro exige a los demás. Reconozca que no “todo el pueblo” desea lo que usted amañadamente generaliza y que posiblemente no haya “tanta maldad” en quienes promueven un negocio lícito. Es inquietante como cierto liderazgo de la iglesia católica aboga por teorías antidesarrollo, habiendo otras formas más misericordiosas y eficientes de llenar los templos. Todos somos responsables de predicar, pero con la verdad, con datos y cifras que no entrampen el juicio, con humildad mariana e incluso con la energía que utilizó Jesucristo para expulsar a los mercaderes del templo. Eso no le da pie para creerse —nunca mejor dicho— más papista que el Papa, ni para dejar de lado el coraje de encarar una realidad que termina por enriquecer y hacer más prósperos a sus coterráneos pobres. Hay que llamar a las cosas por su nombre, pero no exaltar los ánimos con vocabulario incisivo ni mucho menos utilizar el poder tras la sotana. El Reino de Dios no requiere de protección medioambiental, aunque sí de resguardo contra manipuladores y cuentistas, religiosos incluidos. Digo yo que en algún lugar encontraron aquellos Reyes Magos el incienso, la mirra y el oro, y que recuerde no hubo condena a la explotación minera, como tampoco la hay cuando se fabrican miles de cálices, copones, patenas, custodias, etc., todas de oro y plata, o se habla del trabajo digno de los mineros en la encíclica Laborem exercens, ¿o habrá otra versión bíblica que desconozco? Artículo publicado en el diario guatemalteco Prensa Libre, el día martes 04 de septiembre 2012.